A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Elogio de lo intangible… Enfrentando el dolor psíquico… Rafael Muci-Mendoza

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Elogio de lo intangible…

Enfrentando el dolor psíquico…

Rafael Muci-Mendoza



Es cierto, alguna vez quise ser psicoanalista. Todo ello debido a un
psicoanálisis personal que iniciara en 1961 poco después que me graduara de
médico cirujano en la Universidad Central de Venezuela y me asaltaran en
sucesión varias crisis de pánico entremezcladas con síntomas de un síndrome
de hiperventilación. Claro que yo no sabía qué era aquello, pero sí percibía
lo perturbador que era sentirse diferente, sumergido en una amenaza
desconocida, en una experiencia indescriptible nunca sentida, percibiendo un
inminente peligro sin saber de dónde provenía, con síntomas somáticos y
psíquicos entremezclados: miedo, inestabilidad y mareo, despersonalización,
-me miraba aterrorizado en el espejo y me preguntaba si era yo aquél allí
reflejado-, desrealización –el medio familiar parecía cambiado y extraño-,
el corazón desbocado, oleadas de frío o calor y sudoración, sequedad oral,
hormiguillo en las manos, opresión torácica y dificultad respiratoria, en
fin, el caos, el no saber qué pensar, ¿un infarto? ¿una embolía pulmonar?
¿la locura misma…? ¿qué hacer, adónde ir o a quién recurrir por auxilio?
Acababa de hacer mi última pasantía como estudiante en el Hospital
Psiquiátrico de Caracas, y debo confesar que me impactó muy negativamente
conocerlo, especialmente luego que transitáramos a diario por una sala
abierta de mujeres de diversas edades, sin privacidad alguna, rodeada de
fuertes barrotes oxidados, con las camas fijas con cemento en el piso,
desnudas en pelota sin que pizca de pudor las contuviera para hacernos a los
estudiantes que pasábamos gestos soeces, y habiendo perdido toda continencia
verbal, nos invitaban a tener contacto carnal con ellas...

Parecía que ayer nomás se había liberado a los enfermos mentales de las
cadenas que sujetaban sus atemorizantes delirios, y se aconsejaba tener para
con ellos un trato más humanitario. No era aquello una muestra de
misericordia, era una prueba de filantropía. Me parecía estar viendo en el
cuadro del pintor Robert Fleury (1795), al doctor Philippe Pinel (1745-1826)
–autor de esta proeza-, médico francés que cambió la actitud de la sociedad
hacia los enfermos mentales en un ala para mujeres locas del Hospital de La
Salpêtrière de París, liberando a una paciente de sus cadenas, esas con que
eran confinados, reducidos y olvidados por su familiares y la sociedad; o al
doctor Jean Martin Charcot (1825-1893), famosísimo neurólogo francés en el
cuadro de André Brouillet (1887) asistido por su alumno Joseph Babinski
durante el "rapto histérico" de su paciente "Blanche" (Marie) Wittman, "la
reina de las histéricas¨, modelo profesional de aquél entonces que usaba el
Maestro en sus presentaciones clínicas en diversos escenarios médicos, y
quien describió la histeria y buscaba el locus cerebral donde se asentaba,
hasta que su alumno Sigmund Freud (1856-1939) reconociera que su asiento
estaba en la intangibilidad de la psique enferma...



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En una de estas últimas clases del fin de la carrera, un psiquiatra nos
había hablado con gran frialdad de la esquizofrenia y del llamado signo del
espejo. Se nos habló de la identidad del yo, esa que hace que nos sintamos
idénticos a pesar del paso del tiempo y que puede alterarse en la
esquizofrenia. Al hacer irrupción la enfermedad, el sujeto esquizofrénico
vive en su yo transformado, uno muy distinto del que conocía anteriormente,
suerte de posesión por un ente diabólico. Nos refirió el profesor que en las
fases iniciales o premonitorias de la esquizofrenia, también llamada
entonces demencia precoz, se presentaba con gran frecuencia un curioso e
importante síntoma hasta el punto de constituir una verdadera señal de
alarma en la a menudo tórpida eclosión de esta psicosis; era el signo o
síntoma del espejo o signe du miroir, llamado así desde A. Delmas, que
consiste en que el sujeto se observa repetidamente en el espejo donde no se
reconoce, tratando de comprobar si sigue siendo el mismo… Es bien conocido
el ¨síndrome del tercer año de medicina¨ donde el prospecto de médico al
través de su inmadura psiquis es aquejado por todas las patologías que va
conociendo a lo largo del tortuoso y escabroso camino del aprendizaje, una
variante de la hipocondría; mi caso fue atípico, pues apareció ya siendo un
novel médico…

A finales de la década de 1920, Paul Abély (1897-1979), emprendió el estudio
sistemático de las manifestaciones de algunos psicóticos ante el espejo
[Abély P. Le signe du miroir dans les psychoses et plus spécialement dans la
démence précoce. Ann Med Psychol. 1930].   Llamó signe du miroir al síntoma
común de control y extrañeza ante la propia imagen que devuelve el espejo, y
que parece indicar la transformación de dicha imagen en un «otro»; de ahí la
extrañeza, la captura y la angustia…

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¨El signo del espejo en las psicosis y especialmente en la demencia precoz¨,
por Paul Abély



Viví intensamente lo que creía era el signo del espejo: Un escalofrío áspero
y amenazador me corrió desde la nuca hasta los tendones de aquiles al
sentirme del todo cambiado y en las inminentes garras de la locura. Mi
hermano Fidias Elías (†) –ya graduado de médico- no estaba en casa, porque
hacía un curso de Medicina Tropical en São Paulo, Brasil; sabía que un
profesor mío vivía cerca y allá raudo me dirigí en mi Volkswagen hacia el
edificio donde vivía. Toqué el timbre del conserje quien me dijo que él ya
no vivía allí, que se había mudado… El frío decembrino reavivó mi ánimo y
fue aplacando aquellas aguas turbulentas que amenazaban con ahogarme. Era
cierto, sí, luego de la tormenta arribaría la calma tal como ocurrió; pero
ya yo no sería el mismo, amagos de la desconocida amenaza a menudo me
asaltaban cuando menos lo pensaba y perturbaban mi ánimo, el mal
presentimiento me erizaba el cuerpo, pero, ya nunca más tuve una de esas
crisis magnas, la propia ¨crisis¨, que desde esta distancia veo tranquilo y
compasivo de mí mismo como si fuera un mal sueño, una pesadilla intolerable,
pues eso fue y quedó tirado en el pasado...


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Denigrar del psicoanálisis podría ser una defensa del yo para no enfrentar
los miedos: Si es inservible, ¿cómo podría ayudarme…?



Mi hermano Fidias Elías (†) graduado de médico tres años antes, al conocer
de mi relato me dijo que le parecía una crisis nerviosa. ¿Nerviosa?, yo que
siempre había sido tan bien plantado y ecuánime, serio y tranquilo… No podía
entender que la procesión andaba por dentro y muy robusta por cierto, pero
consentí que me viera un psiquiatra amigo de él. No fue una consulta formal,
sólo una conversación de pasillo… Me dijo que yo tenía una ¨neurosis de
angustia¨ y que me aconsejaba iniciar un psicoanálisis formal; ¿y qué carajo
sería aquello? –me preguntaba-. Él se ofreció a buscarme un psicoanalista
que se encargara de mi cuidado, y así fue… Inicialmente el médico argentino,
César Ottalagano y muchos años después el venezolano Nicolás Cupello tomaron
turnos para favorecer mi madurez emocional. Estaba yo aquejado de dolor
psíquico (emocional, mental), ese que no es tangible y observable para los
otros; quien lo padece lo lleva internamente, lo rumia y, muchas veces
desconoce que lo experimenta, cerrándose a cada paso las oportunidades de
crecer, amar, trabajar o tener una vida plena. Así que enfrenté el dolor
psíquico que tiene tantas caras, tantas aristas y tantos disfraces, un angor
animi: síntoma escalofriante en el que uno tiene la certeza de que fallece,
la percepción de que está muriendo, un ominoso presentimiento con la acerada
certeza del filo de una guadaña. Hablé, me desahogué, lloré, mis miedos
fueron interpretados, nunca se me suministró un neuroléptico o un
tranquilizante, y todo fue transcurriendo a palo seco en sesiones diarias, 5
veces por semana durante 11 años con alguna interrupción en el camino; a no
dudar, una pesada pero necesaria carga económica, una inversión a futuro...
¿Demasiado…? Tal vez en el breve discurso del neurólogo británico,
aficionado a la química y escritor Oliver Sacks (1933-2015), agradeciendo
sus 50 años de psicoanálisis, dice al lector que su analista, Leonard
Shengold, "me ha enseñado sobre el poder de prestar atención, escuchando lo
que está más allá de la conciencia o de las palabras". Esto es algo de lo
mucho que me ha enseñado Sacks a través de su práctica como terapeuta y de
su trabajo como exitoso escritor de deliciosos libros sobre patologías
neurológicas, e inclusive al mostrar a todos sus propios síntomas como es el
de sufrir de prosopagnosia, condición radicada en la base cerebral, en el
gyrus fusiforme y la corteza visual, que le impide reconocer las caras de
otros, inclusive de quienes muy de cerca conoce y quiere –y de la cual sufro
en una forma muy atenuada y curiosamente, no me ocurre con las facies muchas
veces uniformes que imprime la enfermedad en mis pacientes... -


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El gyrus fusiforme y la prosopagnosia o extrañamiento de caras…



Mi psicoanálisis me sirvió de mucho, me hizo más humilde y tolerante, el
conocimiento y la riqueza adquiridos permeó en mi familia, en Graciela –más
madura que yo- y en mis hijos y aún en mi práctica de internista: me hizo
comprender cómo soma, mente y mundo exterior, imbricados e inseparables como
son, acompañan la biografía de cada individuo tanto en la salud como en la
génesis de su propia enfermedad; así, que nada me asombraba como para
paralizarme, las confidencias de mis enfermos, sus grandes o pequeñas
tragedias, podía comprenderlas sin trago grueso ni sonrojo, sin juzgarlos ni
dictaminarlos, pues los médicos somos humanos de la misma estirpe,
estableciendo al mismo tiempo una distancia saludable y cálida entre sus
problemas y los míos, y así, acompañándoles sin excusas ni resaltos he
mantenido un compromiso, pues, ¿qué tienen ellos que yo no tenga?; desde
entonces estuve y he estado dispuesto a oírles, a servir de facilitador de
ese saludable drenaje de sus angustias y temores que suplanta la píldora
farmacológica, a no sentirme omnipotente ni a adelantarles pronósticos
terribles que en sus casos particulares nunca sabría si se cumplirían, error
en que incurrimos los médicos cuando todopoderosos, ponemos más atención a
las estadísticas que a la diversidad, potencialidad y unicidad de los
enfermos que atendemos... Por supuesto, que mi formación de internista me ha
permitido también atisbar las grandes o pequeñas tragedias ¨orgánicas¨,
muchas veces prenuncio de una catástrofe corporal que podría ser prevenida…


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Pues bien, a fines de los sesenta decidí que sería psicoanalista, pero me
era muy difícil pensar en no ser internista nunca más. En las vacaciones de
1970 me fui de viaje por Suramérica con Graciela y mis hijos Rafa y Gustavo
–Chelita, nuestra hija menor aún no había nacido-. Mi sueño –aunque no muy
firme y definido todavía- era hacer inicialmente psiquiatría general y luego
irme al Clínica Tavistock en Londres y dedicarme al psicoanálisis. Cuando a
llegué a Lima, el doctor Alberto Seguín, a quien conocía por su libro,
¨Bases de la psicoterapia¨, y que adelantándose a su época, había
desarrollado la visión del enfoque integral en medicina introduciendo el
ahora reconocido modelo biopsicosocial de la enfermedad, propuso que el
hombre enferma en su integralidad y que siendo él responsable de su
comportamiento, la intervención terapéutica no puede ser unilateral, ni
menos reducirse a la esfera biológica: Al llegar tuve la ingrata noticia de
que había tenido que abandonar la ciudad, así que nunca le conocí
personalmente. Me fui a Buenos Aires con una obra que el doctor Francisco
Herrera Luque le había enviado al doctor Isaac Luchina, psicoanalista y
posteriormente autor del libro ¨El grupo Balint¨ (Editorial Paidós, Buenos
Aires, 1982). Allí conocí los llamados grupos Balint y participé en uno de
ellos. Creados por el doctor Michael Balint, psiquiatra inglés fallecido en
1971 y quien había desarrollado un sistema de formación continua de médicos
generales tendente a la resolución de las dificultades, que a nivel
psicológico, se presentaban durante la relación médico-paciente. Su
metodología fue recogida en su libro, ¨The doctor, his patient and the
illness¨ (Londres, Pitman, 1957 y reeditado en 1963), donde se asentaba que
el objetivo de seminarios con médicos generales y conducidos por un
psiquiatra entrenado era, «estudiar las implicaciones psicológicas en la
práctica de la medicina general…, que no es únicamente la ampolla del
medicamento  o la caja de comprimidos lo que importa, sino la manera cómo el
médico prescribe a su enfermo».



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Así, asentaba él que, ¨La primera medicación que administra un médico a su
enfermo, es su propia persona¨. ¡Cuánta verdad que tantos de nosotros
desconocemos! Nunca lo he olvidado, hemos sido ungidos pues, tan solo,
únicamente por presencia, somos los médicos una potente medicina, un bálsamo
tranquilizador siempre y cuando sepamos asumir el rol de un veraz y
bondadoso escuchador, pues también y como a menudo ocurre, podemos ser un
revulsivo que hiere más el alma e inclina la balanza hacia la desesperanza…



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De vuelta a Caracas, con un libro enviado al doctor Guillermo Teruel, quien
con el doctor Hernán Quijada, habían sido los primeros psicoanalistas
formados fuera del país, luego que tuviéramos una larga y cordial
conversación y supo algo de mí persona, me dijo que yo podría ser un
excelente psicoanalista. Tal vez seducido por las  palabras de quien se
consideraba entonces el Padre del Psicoanálisis, comencé a entrevistarme en
Caracas con otros 5 especialistas quienes de aprobarme, me permitirían
integrarme a ellos para iniciar mi formación. Fui aceptado por los cuatro
primeros. La última entrevista la sostuve con el doctor Hugo Domínguez,
hombre bonachón y sencillo. Sentado en su apartamento de San Bernardino, con
una pierna enyesada sobre un taburete, luego de escucharme y hacerme algunas
preguntas, me dijo,

-¨Mire doctor, sinceramente, usted no sirve para esto…¨

Allí terminaron mis devaneos con el psicoanálisis. Sus palabras, lejos de
producirme frustración o desconcierto, fueron para mí un bálsamo liberador,
sentí un inmenso alivio al confirmarme que mi alma era de internista y
profesor universitario y no de psicoanalista, lo cual de haberse concretado
habría sido un rotundo fracaso, una decisión que hubiera sido como desposar
a una mujer a quien no quería… La medicina interna y la docencia
universitaria y luego la neurooftalmología, han sido la razón de ser de mi
larga y gratificante vida profesional. He enseñado a la cabecera del enfermo
y me ha emocionado el ver trocar un bisoño en un experimentado; he guiado la
mano torpe del novel estudiante que palpa un abdomen doloroso; he enseñado
cómo auscultar un corazón mediante un estetoscopio con dos auriculares y
cómo reconocer la herida de una válvula cardíaca o el ritmo de galope
confirmación de una insuficiencia cardíaca; he guiado sus ojos para ver
minucias denunciantes en los ojos de otros a través de un oftalmoscopio; la
medicina antropológica ha estado presente en mi boca y en mi hacer durante
las revistas médicas mostrando aquello ausente de la medicina organicista:
el hombre tras la enfermedad que lo aqueja; he dictado más de 1600 charlas,
me he dejado enseñar, he influido en la vida de un número muy elevado de
estudiantes de medicina a lo largo de 46 años de presencia hospitalaria, he
formado numerosos especialistas en medicina interna y más de una treintena
de super-especialistas neurooftalmólogos siendo estos últimos oftalmólogos,
internistas, neurólogos, neurocirujanos y neuropediatras provenientes del
país y de países hermanos; por cerca de 20 años he formado parte de la
Faculty en el área de neurooftalmología del Curso Interamericano de
Oftalmología Clínica que dicta anualmente el Bascom Palmer Eye Institute de
Miami y así, he tenido oportunidad de dictar mis charlas, siempre al cierre
del Curso y a casa llena, a más de 500 participantes en su mayoría
provenientes de Hispanoamérica. A través de  mis artículos de prensa y en la
Internet he demostrado que el mejor amigo del miedo es el miedo mismo y que
cuando tenemos algo qué decir estamos obligados a decirlo… En fin, he hecho
mío el vocablo ¨servir¨, la palabra más hermosa del diccionario…

El dolor y las llagas de mi temprana inmadurez que me hacían sentir como un
¨patito feo¨, han sido restablecidas por la sana aceptación real y sin
complejos de quién soy, de lo que soy y de lo que no soy ni quiero ser, y
por ello, si me diesen la oportunidad de volver a la adolescencia o adultez
temprana, sin dudas lo rechazaría, no quisiera reproducir de nuevo el dolor
psíquico de aquellos tiempos porque en esencia, hoy día recogiendo los
frutos de aquella siembra, me siento satisfecho, feliz y emocionalmente
rico, pero siempre teniendo presente que mi labor y mi responsabilidad aún
no ha terminado, y sólo culminará cuando exhale mi último suspiro...

Mis angustias y dolores son ahora otros: la suerte de mi país sumido en un
agregado de profundos y desgarrantes problemas, penas y amenazas, y de la
medicina que he enseñado con devoción y que con saña y sevicia se intenta
destruir…

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¿El porqué de compartir mi historia…? Muchos caminos conducen a Roma y el
camino que yo tomé no necesariamente fue el mejor ni el más rápido ni sirve
para todo el mundo. Es simplemente una vivencia personal que quise
transmitir: El dolor psíquico es un dolor de íntimo silencio parecido al
dolor del animal, ese que enfrenta inhibiendo su acción o inmovilizando sus
miembros. Diferente del dolor físico, un sufrimiento visible, un prenuncio
simbólico de muerte expresado a través del grito, el llanto, la congoja, el
temor, la queja o la palabra que suele promover la compasión y la
colaboración de otros y los cuidados mutuos; el dolor mental no es
trasmitido a otros y suele ser un mensajero silencioso del peligro de muerte
de nuestra psiquis. Por ello cuando al pasado volvemos y recordamos con
absoluta fidelidad aquellos momentos ya buenos o malos, vivimos nuevamente
pero vivimos diferente, porque al haber superado nuestros miedos o nuestras
tristezas notamos como ascendimos un peldaño en nuestro duro proceso de
maduración, y si al pasado retornamos es para que en nuestro presente
encontremos toda la felicidad que merecemos.

Hay una muy buena oración para recordar cuando nos suceden esas cosas
desagradables propias de la vida que parecen no tener solución: «Señor,
concédeme fortaleza para solucionar lo que tiene solución; valor para
aceptar lo que ya no tiene solución, y sabiduría para saber reconocer la
diferencia».

Es una buena lección que podríamos resumir así: “Aceptar, olvidar, y seguir
adelante”.

 <mailto:rafael@muci.comrafael@muci.comrafaelmuci@gmail.com



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