A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Es el claror dominical luego de la noche de anoche, de torrencial lluvia, de relámpagos y truenos, de incertidumbre y terror para el pobre abandonado de los lujos palaciegos que vive en la ladera agreste, de estridor de minúsculas ranitas en mi jardín invitándose las unas a las otras, en su elemento, a la cohabitación del amor eterno


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Elogio del domingo...

Rafael Muci-Mendoza



¨Total así somos los humanos, prescindibles, en tanto que la vida sigue...¨

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Es el claror dominical luego de la noche de anoche, de torrencial lluvia, de
relámpagos y truenos, de incertidumbre y terror para el pobre abandonado de
los lujos palaciegos que vive en la ladera agreste, de estridor de
minúsculas ranitas en mi jardín invitándose las unas a las otras, en su
elemento, a la cohabitación del amor eterno. Bajo el telón grisáceo de la
noche de anoche no podía uno adivinar la maravilla del firmamento. Puedo
ahora ver las estrellas que adornan el cielo de Caracas, la ursa minor, el
lucero de la mañana y la menguante de la media luna cristiana que no la
turca, invitando a las raíces a sacar el mejor provecho de la tierra
generosa, convidando a los jardineros a podar las ramas redundantes para que
se renueve la vida, porque hay que quitar lo que ya no sirve, tal como se
eliminan los engaños a los más vulnerables, para que fluya la savia
elaborada libertadora. Como cada año, por agosto, llega la lluvia de
meteoros denominada las Perseidas por los lados de la constelación de
Perseo, nacido de la lluvia de oro con la que Zeus embarazó a Dánae y mejor
conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo; sé que están allí, pero la
agudeza de mis ojos no alcanza a verlas y nunca he sido proficiente con los
telescopios; así se comportan las realidades, presentes pero muchas veces
invisibles a nuestros ojos, en tantas ocasiones insensibles a nuestra
molicie. Los gallos de La Castellana siempre insomnes se hacen más
kikiriqueros, las guacharacas hablan, no se escuchan, gritan ininteligibles
palabras vulgares como diputados de la asamblea nacional y bandadas de loros
reales surcan el espacio con sus graznidos penetrantes y hablachentos
ignorando las penas y la vida tormentosa de los caraqueños de abajo. Una
vida alegre y plena por arriba y otra triste y contrita por abajo se
contrastan... Total así somos los humanos, prescindibles, en tanto que la
vida sigue...


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Bandadas de loros reales, El Ávila de mi hijo Rafa y caídas de agua
murmurantes...



Miro desde mi casa y mi vista choca contra las faldas del Cerro Ávila así
designado desde 1778 hasta que en mayo de 2011 su nombre fuera trasmutado a
su gracia originaria en lengua caribe, warairarepano, con el significado de
"sierra grande", aunque prefiero la creencia de otros traductores con la
connotación de ¨lugar de las dantas¨. Rememoración de la Hacienda Buena
Vista, ubicada en el sector Palmar del Picacho de Galipán, que fuera también
refugio de mi admirado doctor Kanoche y su famosa e inédita fórmula
embalsamadora que tanto miedo infundía a los desamparados agonizantes del
Hospital San Juan de Dios por los predios de La Guaira; y en sucesión de
recuerdos y asociaciones, tal cual Pedro Ochoa lo hacía en el Hospital
Vargas de Caracas, cuya cara deforme por la patada que una mula le
infligiera cuando aún era un infante -se decía-, un contundente traumatismo
deformante que parecía ligar con su oficio de mozo de la sala de autopsias,
sitio tomado por espeluznante y lúgubre, impregnado de formol y lágrimas a
lo juro, almas en pena arremolinadas en el éter sobre las frías mesas de
Morgagni culpando quién sabe a quién de su muerte injusta; la cara hundida,
las cuencas de los ojos dislocadas verticalmente, la nariz despaturrada, la
frente amplia y acanalada, el cabello rizado tirado hacia atrás, un caminar
inclinado golpeando el suelo con aquellos grandes zapatones... Pero su
atemorizante aspecto escondía al hombre bueno que era, creíble y fiel. De
puro mirar atento y fino había aprendido mucho del oficio de sus jefes... Me
contaba con sonrisa de lejano afecto mi finado maestro, el académico doctor
Blas Bruni Celli (1925-2013), que cuando tenían dudas acerca el origen de
esa inflamación de la aorta torácica llamada aortitis, frecuente en aquellos
tiempos sin penicilina, si se discutía que la lesión era propia de una
infección, de un terciarismo sifilítico o de otro origen, usualmente le
invitaban para que diera su opinión; tímido y renuente se acercaba, veía con
sus ojos dislocados pero no ciegos y su respuesta lacónica con un batir de
cabeza, un sí o un no, usualmente era la acertada... Los pacientes de las
salas, inmisericordes como suelen ser con sus condenados compañeros de
miserias, galeotes en la nave del olvido que son las salas hospitalarias,
cuando veían un enfermo que evolucionaba mal, que había tomado el camino de
la horizontalidad definitiva le decían para sacudirlo: -¨Ponte mosca cama
13, mira que por ahí anda Pedro Ochoa...¨.


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Escoja cualquier forma de gastar el estrés dañino en la Cota Mil...



El domingo es el esparcimiento del alma, el ansiado oasis dentro de lo
podría ser una semana de tensiones y carreras, de bregar con los dolores de
otros que resultan siendo, aunque no lo crean, los mismos nuestros. El
domingo es el día de caminar o trotar en la Cota Mil, fino y saludable
regalo a Caracas de Charles Brewer, el odontólogo, el ministro devenido en
osado explorador: oír el trinar de pájaros, el rumor de arroyos cantarinos a
diario ensordecidos por el bramar de la máquina, contagiarse del jadeo
sudoroso de trotadores de breve vestimenta a fullchola cuesta arriba y rueda
libre en la bajada, ciclistas dándole duro y turnándose en la hilera para
guardar aliento, y desafiantes patineteros lanzados por una pendiente de un
kilómetro entre Altamira y la Castellana, experimentando todos la salutífera
inundación de endorfinas, regalos de Dios similares al opio y la marihuana,
hormonas de la felicidad: Me confieso un adicto a mis propias drogas, adiós
tristeza, adiós ansiedad, bienvenida la distensión; es mi exclusiva venganza
arrebatar a la furia automotriz sus predios de vespertinas colas
estresantes, sentir el aire puro sin el humo asfixiante e irritante cargado
de ozono y otros efluvios que la revolución ladrona quiere imponer en el
aeropuerto de Maiquetía, y de escaparme de la locura colectiva en medio de
la lentitud del véspero cuando nuestro cuerpo fatigado solo pide reposo, un
poquito de consideración...

Muchas veces anhelamos una jubilación porque nos fastidiamos de lo que
hacemos, porque no soportamos más el clima de humillante persecución desde
el ministerio revolucionario de manos acomplejadas e ignorancia supina,
porque ya queremos ¨descansar¨: ¡mar de sargazos!, diría yo. Imagino que
todos los días fueran domingo... ¡Qué aburrimiento, qué tedio...! Por eso
Dios creó el domingo para descansar, y no dijo que todos los días fueran
domingos ni que el descanso fuera tirarse en un sofá, beber cerveza y comer
pizza... El domingo, ese que se espera con anhelo, debe darse dosificado, un
solo día a la semana; más de ello significa tristeza, depresión, no saber a
dónde ir ni qué hacer, morir de pena sin estar enfermo... Así que si piensa
retirarse, planifique su vida para que sea productiva en esos días en que el
abuso de domingos puede llevarle al descanso eterno con un prólogo de
sufrimiento y melancolía, pues hay que morir con la necesaria dignidad y con
las botas bien puestas...

Los invito pues a la Cota Mil, a subir el cerro Ávila y tener moderación al
descender, a irse a la calle o a la plaza con la protección de otros
caminadores a su lado, a no permitir que el régimen que nos sojuzga nos
venza. Pero..., nunca hagan como aquél paciente mío a quien aconsejé
caminara en el Paseo de los Próceres cercano a su casa, sugiriéndole se
cuidara. Lo hizo con religiosidad y ¨cuidándose¨: así, que un día trotando
armado, se tropezó con otro corredor que venía en sentido contrario y
pasados algunos segundos de latencia, se llevó la mano al bolsillo trasero
para percatarse de que su cartera, ¡Ya no estaba! Colérico, se devolvió
corriendo detrás del perpetrador y sacando su arma le disparó varias veces,
errando todas ellas pues es difícil disparar trotando y jadeando y sólo el
Llanero Solitario acierta en esas circunstancias; el otro aceleró el paso y
se perdió entre la multitud. Luego, el regreso a casa vencido, aún muy
enojado, lívido, descompuesto y sin cartera; su esposa que le pregunta qué
le ocurrió y porqué venía en tan lamentable estado, él que le cuenta y ella
que le riposta... ¨Mi amor... si dejaste la cartera sobre la cama...¨.

 rafaelmuci@gmail.comrafael@muci.com

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