A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

sábado, 23 de febrero de 2013

Dice Sócrates que la belleza es la única forma de lo espiritual que podemos aprehender y tolerar con los sentidos; y contesta Schiller que el encanto de la belleza estriba en su misterio, que si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia; y entonces Goethe nos concede el epitafio: la belleza es indivisible, el que ha llegado a poseerla, antes de compartirla prefiere anonadarla. Parte II



LA MUERTE EN VENECIA DE THOMAS MANN 

Lucero_García_Flores


Aunque Mann lo afirma, La muerte en Venecia deja poco claro si viajar es, 
de hecho, 
una medida higiénica. Probablemente sí. ¿Qué es, sino contaminación, 
el encierro en 
una rutina que mata la creatividad, el estancamiento de los sentidos, de la 
conciencia, 
el conformismo rampante que deshace los tejidos de la vida, la apatía 
que provoca 
el sabernos finitos e impermanentes? Ahí es a donde nos lleva el autor, a 
la aventura 
que es seguir los pasos que el corazón dicta, los caminos que dibujan las 
ansias, el 
deseo que de antemano sabe la tragedia que avecina. Y nos subimos, 
con él, con 
Aschenbach, a aquella góndola veneciana que evoca los ataúdes, las locuras 
sigilosas 
y perversas en el destello nocturno de las aguas, la muerte misma, 
dice Mann, 
el féretro y la lobreguez del funeral. El silencioso viaje final. Y, entonces, 
también 
con él, al principio dudamos, quedarnos en Venecia o en cualquier lugar 
del mundo, 
para morir, o irnos a morir a otro lado. Al final, vamos. La certeza 
de que éste, 
ése que veía Aschenbach oculto entre los rizos de Tadzio, era el camino 
correcto, 
incluso cuando era fatal, borra cualquier rastro de duda.


Y yo me pregunto, si así fuera el viaje, si nos llevara un gondolero 
clandestino, 
sin cobrarnos, si nos recibieran con las puertas abiertas en un hotel 
de primera, 
si encontráramos motivo de obsesión, locura y amor sobre la arena de 
una playa, 
si nos acompañara la soledad fértil de las páginas en blanco, ¿quién podría 
negarse a la travesía?

La belleza

Alguna vez, sentada junto al mar en cualquier rincón olvidado de Acapulco, 
divisé a un hombre muy hermoso. Su piel morena y aquellos ojos 
tostados que 
se convirtieron en poesía no dejaron de hipnotizarme, hasta que la tarde, 
el ocaso 
y la muerte de ese día de maravilla anunciaron el fin de la historia. 
La obsesión quedó 
encapsulada en un par de versos: “Cabrá toda la grandeza de la luna / 
en un solo 
instante de adorarte”.


¿Es la belleza lo que, en el último capítulo de la vida, nos mata? 
¿Morimos de 
belleza? Para Aschenbach, era la imagen de Tadzio, su figura, su 
juventud, lo 
que provocaba el dolor y la esperanza: fue inspiración, fue musa, 
fue el duende 
que, una vez dentro, completó lo imposible, el amor inalcanzable que 
devora por 
las noches y acelera en las mañanas. Irónica es la existencia: aquello que 
impulsa a 
amanecer, a recorrer los callejones de una ciudad maldita, a aguzar 
oído y vista 
para capturar hasta el mínimo detalle del objeto del deseo, es también 
aquello que 
desvía y descarrila la cordura, es también aquello que domina el sentido 
común y 
lleva a las últimas consecuencias.


Y en un orden de ideas que podría parecer lógico, a simple vista, 
dice Sócrates 
que la belleza es la única forma de lo espiritual que podemos aprehender 
y tolerar 
con los sentidos; y contesta Schiller que el encanto de la belleza 
estriba en su 
misterio, que si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, 
se evapora 
toda la esencia; y entonces Goethe nos concede el epitafio: la belleza es 
indivisible, 
el que ha llegado a poseerla, antes de compartirla prefiere anonadarla.


Aquella maravilla que leemos en La muerte en Venecia, su tragedia, real 
o ficticia, 
duele. Tener al alcance de los dedos tanta verdad hace sufrir. Es 
de suponer, 
entonces, que con tanto ruido, con tal estruendo ensordeciendo el alma, 
“se mueven las palabras, la música / se mueve sólo en el tiempo; 
mas / lo que 
sólo vive no puede / sino morir. Tras el discurso / las palabras aspiran al 
silencio”. Y como en los cuartetos de Eliot las palabras al silencio, en las de 
Mann, Aschenbach a la muerte y su quietud
.

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