A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

martes, 25 de octubre de 2016

421 manuscritos concursaron en la I edición del Premio Salvador Garmendia, promovido por FUNDAVAG y FILUC. El jurado, integrado por Victoria de Stefano, Antonio López y Miguel Gomes, definió como el ganador a Luis Moreno Villamediana (@humorvagabundo) quien es poeta, ensayista y narrador. Sus textos están disponibles en contrapaso.blogspot.com

El Colocador
Ganador de la I edición del Premio Salvador Garmendia

Luis Moreno Villamediana / Foto cortesía
Luis Moreno Villamediana / Foto cortesía
421 manuscritos concursaron en la I edición del Premio Salvador Garmendia, promovido por FUNDAVAG y FILUC. El jurado, integrado por Victoria de Stefano, Antonio López y Miguel Gomes, definió cinco relatos finalistas, de los autores Víctor Mosqueda, Carlos Egaña, Luis Guillermo Franquiz, Mario Morenza y Luis Moreno Villamedia. El ganador, Luis Moreno Villamediana (@humorvagabundo) es poeta, ensayista y narrador. Sus textos están disponibles en contrapaso.blogspot.com

“no importa nada digo siempre cito soy yo soy yo ya no soy ese esta vez me suprimieron eso solo digo”
Samuel Beckett, Cómo es [traducción de José Emilio Pacheco]

Al mirarse completo en el espejo de aquel ascensor, tío Anton se dio cuenta de que además de calvo estaba demacrado. La camisa parecía de alguien más, quizá una versión de sí mismo salida de un espejo cóncavo; los pantalones le quedaban flojos; el reloj de pulsera le bailaba de un modo que le hizo pensar en un collar. Hasta entonces se había preocupado únicamente por la caída del cabello, que trataba de mitigar poniéndose un sombrero –un fedora gris oscuro. El espejo minúsculo del baño comunal de su edificio apenas reflejaba la cabeza, y por tal razón no había querido aceptar de sí mismo más que un solo defecto. Por mucho tiempo no había comprobado que el resto de su cuerpo aún vivía debajo de la bola lustrosa que afeitaba tres veces por semana, con desgano, pensando que en su próxima encarnación lograría mantener cada pelo en su sitio, como si dependiera de la voluntad. No tenía ocasión de mirarse en las tiendas, ni había oficina adonde ir a diario, y sus escasos amigos eran o muy discretos o poco observadores. Por eso, la visión que recibió en el ascensor, esa tarde, lo conmocionó igual que si hubiera contemplado una imagen llegada de un futuro más infortunado, más pestoso y plano. Le dolió saber que, desde cualquier ángulo –como si lo observaran desde un punto perfecto u omnisciente–, su vida era el reflejo de toda enfermedad.
No había ido allí para descubrir su estado, pero era conveniente que se hubiera topado con él de inmediato, cuando se abrió la puerta del ascensor y la gente salió. Estaba allí para buscar trabajo, y el retrato de su cuerpo le confirmó la urgencia: necesitaba un sueldo que le permitiera ir al mercado siquiera dos veces por semana, y comprar ropa de su talla. Lo habían despedido del colegio a comienzos de enero; tío Anton recordaba que había salido y cruzado la avenida Los Próceres y la explanada que lo apartaba del río, y caminado luego por el paseo fluvial con las manos en el saco para guardarse un poco del viento –estaban en octubre, no tenía cigarrillos. Aquella mañana leyó muchos papeles en la calle: vio que se habían multiplicado las ofertas de viajes al exterior y las ventas de garaje. No pudo acercarse al Fuerte Páez, de donde se veía, lejos, el estuario; los soldados lo habían remodelado para quedarse ahí. Sintió entonces que su tiempo sería más dilatado o viscoso. No erró: en nueve meses no había vuelto a dar clases de inglés. Solicitó empleo de conserje y mesonero, de guachimán en una empresa de alimentos, de chofer de autobús en las rutas de los suburbios más duros, de limpiador de pisos en los tribunales, que eran ajedrezados –tío Anton suponía que, a pesar de todo, no le sería imposible conseguir algo, cualquier cosa. Sin embargo, ni eso: el castigo consistía en asociar su nombre con el mero vacío, que le daba a su aspecto el complemento de una delgadez invisible pero muy obstinada. Tuvo que haberse descubierto en el espejo doblemente emaciado.
—Quién lo mandó a hacer lo que hizo –le dijo el director del colegio el día que lo botó. Eso era todo: tío Anton se había quejado por escrito de la escasez de libros. Ese simple gesto autográfico comenzó a expandirse por varias oficinas, y en cada recinto fue adquiriendo un matiz diferente, de modo que al final del trayecto los trazos del nombre se habían distorsionado lo bastante para llegar a parecer el dibujo de un monstruo. A tío Anton no le quedó más remedio que admitir el poder de la escritura. La firma en el borde inferior del papel cobraba una carga inaudita, como una fórmula verbal hiperbólica que, de paso, hubiera sido borroneada en la lengua extranjera de un país hostil.
“Señor Verificador Supernumerario del Distrito Escolar Decimosexto:
Sírvase la presente para informarle que en el Grupo Escolar Estatal Lucila Palacios, bajo su potestad, hace falta renovar los textos escolares.
Atentamente,
Anton Abish”.
Las dos últimas palabras, junto a la solicitud, sonaron tal vez como amenaza: eran demasiado intransferibles, no hacían referencia a nada fuera de un requerimiento personal, ni promulgado ni debatido con morosidad en la Junta Docente.
La combinación Anton Abish fue a dar con su revés binario a algún papel sellado. Cada vez que tío Anton iba a una Secretaría a pedir ocupación, el encargado abría un volumen casi interminable, con páginas y páginas de nombres censurados por irreales o imprudentes, por anacrónicos o por subjetivos, por altisonantes o por revoltosos, por cacofónicos o demasiado bellos. Esa era la Lista: una multiplicación de renglones que alfabéticamente decidían a quién le tocaba irse al fondo. En todos los despachos había una encima de un atril enorme. Cada línea debía escribirse a mano, por eso tío Anton confiaba en que un error de transcripción pudiera salvarlo: a lo mejor algún copista en una Secretaría perdida no había escrito su nombre de forma correcta. Por desgracia, en todos los facsímiles aparecía cada signo de su maldita identidad: en cursivas, en negritas, con la caligrafía de un niño, garabateada con prisa, en letra de imprenta, en letra bonita, Palmer, en tipos góticos…  Cada versión le recordaba su real condición de fantasma. A tío Anton le habían aconsejado que se sacara varios carnets; era común que salieran con faltas de ortografía, y con algo de suerte en alguno de ellos podría terminar llamándose de un modo impronunciable. Eso hizo, pero no sirvió el truco: aparte deAnton Abish, también figuraban Antoni JabbitzAntonio Habichuela,Antinus Abisdale y otras mil variedades. La Lista se convirtió para tío Anton en un infierno onomástico.
Esa tarde se sentía más confiado: tío Anton le había pedido un préstamo a Estílita para costear un documento falso. Estílita era una vecina demasiado empinada y medio sorda, pero solidaria. Conocía bien su situación. A veces lo invitaba a cenar, o a jugar damas, o a escribirle alguna cosa –y en ocasiones tío Anton pasaba la noche con ella y era torpe. Tenían pocos libros, las bibliotecas guardaban volúmenes dañados por el moho, casi todos registros públicos o forjados anuarios económicos. La mayor parte de la literatura consistía en la reproducción de los discursos y biografías del Presidente. Estílita le pagaba a tío Anton con plata o comida para que le rayara la pared con lo que recordara de Shakespeare, Austen o Charles Dickens; se estaba cansando de Pedro Emilio Coll. Cuando tío Anton le comentó el asunto de los papeles falsos, Estílita accedió a darle lo que fuera necesario con tal de que solventara la deuda con una escena entera del Rey Lear. Solo así pudo tío Anton comprarse aquel simulacro de otro inicio de vida.
Desde el documento que reposaba en el bolsillo de su camisa, de cuadros azules y blancos, el nombre Yeims Cagny se esparcía como una luz confiada. Era un gazapo puramente visual, no infringía más orden que el de la concordancia entre su origen cinematográfico y su nuevo avatar. Al menos carecía del peso de las transgresiones consideradas morales y por tanto punibles. Se trataba del desgaste natural de unas sílabas al pasar de la boca de alguien a la máquina de escribir de un burócrata. De todas formas, tío Anton se sentía James Cagney cuando se ponía su sombrero fedora. Le convenía la serena apariencia de gánster: debía fingir que esa otra acta de bautismo reproducía su historia completa como un mito, con giros más afortunados que empezaban en la infancia y no dejaban de mostrarle un beneficio proveniente del azar, el crimen o el voluntarismo. Tío Anton prefirió obviar las delaciones del cuerpo debajo de la ropa y asumir la incongruencia; sencillamente entró al ascensor, puso una cara tranquila y apretó el botón del séptimo piso.
La oficina a la que iba era espaciosa y repleta, con montones de escritorios prácticamente pegados. Los tubos de neón estaban limpios, y los paneles del cielo raso no mostraban manchas de humedad; parecían el decorado de la sala de redacción de una revista de modas. En un rincón al lado de una ventana que mostraba la Plaza del Buen Maestro y, más lejos, el río, tío Anton vio la fulana Lista. Sabía por experiencia que primero tenía que pasar por allí. Junto al libraco siempre se sentaba el delegado. Este llevaba un uniforme raído, celeste, y se encorvaba en el asiento de tal forma que casi tocaba el piso.
—Buenas –dijo tío Anton.
—Cédula.
Tío Anton se le pasó con una convulsión secreta. Era improbable que el tal Yeims Cagny hubiera cometido alguna transgresión contra el Estado, pero aun así su memoria, en dos o tres segundos, reprodujo varios instantes fallidos de su vieja identidad. Para compensar, tío Anton miró al techo e imaginó la proyección de una vida impoluta, dedicada a los deberes y a la filantropía, sin los tropiezos de la gente menos avispada. El tipo buscó el nombre con tanta devoción que parecía estudiar una Epístola de Pablo o la Gaceta Oficial. El Presidente vigilaba o enaltecía esa dependencia desde varias paredes. 
—Está bien, vaya al cuarto del fondo.
Por fortuna había destrancado ese nivel. Era Yeims Cagny, un hombre huesudo, animoso, ficticio, con las cejas pobladas, que caminó hacia donde le indicaron y simultáneamente trataba de atenuar su nerviosismo sorteando aquel montón de funcionarios. Ese cuarto del fondo era más bien pequeño y tenía incluso una computadora –eso suponía algún privilegio. Lo atendió una mujer joven, digamos bella, de pelo teñido de rubio y pecas en el cuello. Sobre el escritorio había una lata de Chinotto. Tío Anton le dio sus papeles con menos conmoción que al delegado. Había una silla libre, pero ella no lo invitó a sentarse. La secretaria comenzó a averiguar algo en la pantalla y a tío Anton le dio por fijarse en el traje que el Presidente llevaba en la foto colgada detrás de la mujer. Era un cruce entre uniforme militar de gala y frac, con charreteras que denotaban un grado ampuloso –tal vez inexistente– y heroísmos ilusorios, como creado para sí después de malinterpretar una comedia de los hermanos Marx.
—Solo le puedo dar un cargo de colocador –dijo la secretaria.
—¿Y eso qué es, si puedo preguntar?
Al terminar de pronunciar esas palabras, tío Anton se puso nervioso otra vez y concluyó que se había equivocado. Quizá debió sencillamente decir que aceptaba encantado y esperar instrucciones; no quería parecer ni indiscreto ni dubitativo. Un trabajo era un trabajo era un trabajo: ya tenía demasiados meses sin nada para ahora ponerse a averiguar. Por fortuna, la secretaria solo echó su silla para atrás y se acomodó la blusa –de algodón, rayada, de botones, con cuello.
—Un colocador es alguien que usa a voluntad ciertas palabras para hacerlas circular –le explicó–. Como debe entender, el Presidente sabe que en el lenguaje está el cambio.
—Ajá.
—Cada colocador recibe dos palabras. Su deber es asistir a los lugares especificados y buscarle conversación a quien se encuentre. En medio de lo que diga debe colocar las palabras asignadas.
—Muy bueno. Así hablamos todos lo mismo –dijo tío Anton.
—Exactamente. Las mejores sociedades funcionan como una sola alma.
—Exacto.
Tío Anton vio que la secretaria jugueteaba con la piedra falsa de su anillo. Tenía los dedos largos, de uñas bien cuidadas, igualmente largas y pulidas, sin pintura. Por un momento la mujer cerró los ojos: a tío Anton le alcanzaron esos pocos segundos para detallarle el resto del cuerpo, sobre todo las pecas que comenzaban a bajar en el cuello y se hundían en el seno. A tío Anton le gustó ese recorrido; que lo hubiera seguido con los ojos confirmaba que ahora se desenvolvía con mayor seguridad, deshecho del lastre de su antigua infracción.
La secretaria escribió una nota y se la dio.
—Con este papel vaya al Departamento de Colocaciones, en el segundo piso. Ya aquí terminamos.
—Muchísimas gracias, señorita, es usted muy amable –dijo tío Anton, y entonces se puso el papel en el bolsillo.
El segundo piso daba la impresión de haber sido diseñado como una travesura: se componía de módulos que tío Anton sospechó intercambiables, como si cada pasillo debiera cruzarse varias veces en distintos puntos cardinales. Era como un dislocado juego de espejos donde la puerta de cada oficina se repitiera con avisos distintos. El azar, más que la persistencia o la adivinación, en algún instante tendría que ponerlo frente a la jurisdicción precisa. Tío Anton tardó más de una hora en hallar el Departamento de Colocaciones –una oficina mediana, de techo bajo y con poco aire. La sombra rasante de unos ventiladores servía de inspector: se llegaba a sentir que era imperativo mantenerse inclinado sobre la mesa de trabajo para evitar el filo de las hojas metálicas.
Tío Anton recaló en varios escritorios antes de dar con el que iba buscando. El funcionario que lo atendió no era muy distinto del hombre de la Lista. Tenía el mismo uniforme gastado y los dedos cubiertos de tinta negra, las uñas mordidas, la papada flácida de muñeco feo. Tío Anton le entregó la nota y el tipo se sumergió en un archivero de cinco gavetas desvencijadas. La operación duró una media hora. Tío Anton conjeturó que el empleado rastreaba las palabras que él debía colocar –se había atrevido a mirar el papel antes de entrar a esa oficina, y únicamente había leído un código numérico de búsqueda, no los vocablos. Finalmente el hombre halló una ficha.
—Estas son sus palabras –le dijo–, y este es un discurso del Presidente que debe estudiar con cuidado. Ahí va a ver cómo debe utilizar esos términos, según el gobierno los fijó.
—Estupendo. Las mejores sociedades funcionan como una sola alma –dijo tío Anton.
—Eso mismo. Una cosita: en vez de estupendo, acostúmbrese a decirportentoso.
—Seguro.
—El sueldo le va a llegar, no se preocupe. Eso lo debe acordar el Consejo. Y en cuanto a su área de influencia como colocador, conocida oficialmente como Área de Influencia de los Colocadores Investidos como Colocadores, en un rato se sabe. Alguien lo va a llamar entre la medianoche y la una de la mañana para pasarle el dato. La persona se va a identificar como Funcionario Notificador y usted debe responderle diciendo que es un Colocador en Espera de Notificación sobre el Área de Influencia del Colocador Investido como Colocador. ¿Estamos?
—Sí, quedó claro. Portentoso –contestó tío Anton.
—Ya sabe. Su deber es ir a los lugares especificados y buscarle conversación a quien se encuentre. En medio de lo que diga debe colocar las palabras asignadas.
—Sí, señor. El Presidente sabe que en el lenguaje está el cambio.
—Portentoso. Pues ya aquí estamos listos.
—Muchísimas gracias, señor, es usted muy amable.
Tío Anton salió de la oficina cuando anochecía. En la piel sintió que llegaba del río una brisa algo helada, y con ella la sirena de un barco. Vio que unos obreros cambiaban el anuncio de cigarros de una valla; vio que la nueva publicidad era de Belmont; vio que la fotografía mostraba una playa, un roto castillo de arena, una gente cenando, un sótano sombrío, en un hostal. Notó que el planeta se apartaba de su vida anterior como quien se olvida de una novia muerta, y que eso daba pie a otra serie de cambios incontables. Al principio eligió no fijarse en las palabras de la ficha, que en el bolsillo se aplastaba contra su cédula para darle una ligereza de templete, y hacía de su Yeims Cagny una mezcla más bien melancólica, quebrantada, insulsa. La semejanza en el número de términos no indicaba más que una ecuación engañosa: las dos palabras de la ficha pesaban doscientas veces más que nombre y apellido, con lo que le daban a su identidad el justo carácter fantasmal que él había querido encubrir. Después de caminar unas cuadras desiertas y en penumbras, tío Anton se recostó en el umbral de una farmacia de turno, ceñido por el resplandor rojizo de la luz de neón. Allí se decidió a descifrar la escritura: autoctonidad ycolocar –esos eran los vocablos que le correspondía usar en su trabajo.         
Al entrar en el edificio Yonekura, no fue directo a su cuarto, sino que tocó el timbre del de Estílita.
—A tiempo para la cena.
—Qué bueno –dijo tío Anton–. Hay que celebrar: me dieron trabajo de colocador.
—Felicidades. ¿Y qué es eso, si se puede saber?
—Un colocador es alguien que usa a voluntad ciertas palabras para hacerlas circular.
—¿Para qué?
—Es que en el lenguaje está el cambio, dice el Presidente.
—Estupendo.
—Mejor decir portentoso, por si acaso.
—Eso: portentoso.
Al terminar, tío Anton fue a su cuarto y se tendió en la cama. El bombillo era débil, difundía una fosforescencia que apenas le alcanzaba para medio leer el discurso que le entregaron con la ficha. Por suerte, su pared aún era blanca y ayudaba a que la luz circulara. Tío Anton había preferido no escribir nada en ella, por el temor de violar la censura. Una pared no es un libro, le repetía Estílita, pero tío Anton no quería darles a las autoridades el chance de glosar libremente sus preceptos –estaba acostumbrado a ver que un sustantivo tuviera significados diversos, y así un libro podía ser un libro con portada y solapas, un muro desconchado, una lata de aluminio o una cuerda amarilla de nailon.
Antes de quedarse dormido leyó por encima algunas líneas del texto. Eran veinte páginas compuestas de puros circunloquios. El Presidente acostumbraba a decir una frase única con variaciones que malamente lograban disimular que eran la misma frase central. Tío Anton creía que el método le resultaba útil para insistir en una enseñanza que debía convertirse en forma de vida. En este caso, la lección giraba alrededor del enunciado Debemos colocarnos a trabajar por la autoctonidad. Tío Anton la leyó como una apología del nacionalismo. Lo que importaba, sobre todo, era el uso de un verbo ambiguo, con aires de refinación, y de un concepto que sonaba raro. Era mejor no pensar que la cosa se reducía a una errata.
El teléfono sonó a las doce y media de la noche. Tío Anton se sobresaltó: soñaba que estaba solo en la Tierra y que por la ventana miraba el atardecer final. El ruido le hizo pensar en un intruso inadvertido.
—¿Aló?
—Le habla el Funcionario Notificador.
—Yo soy un Colocador en Espera de Notificación sobre el Área de Influencia del Colocador Investido como Colocador.
—Estupendo.
—Más bien portentoso, ¿no?
—Muy portentoso, claro. Le informo que debe iniciar su trabajo esta noche. Su Área de Influencia de Colocador Investido como Colocador es la zona del centro que está cerca del río. Debe asistir a bares, cafeterías y plazas. Por los momentos, debe ir de inmediato a El Gato Negro, en la avenida Libertador.
—Entonces me siento y coloco, ¿no?
—Eso. Por acá estamos listos. Lo otro se irá viendo.
Tío Anton se colocó el sobretodo y el sombrero, y salió. Por suerte el Yonekura no quedaba tan lejos del bar. Le gustaba caminar por la noche, confirmar la soledad de las calles a esa hora, que en ocasiones –como hacía un rato– lo llevaba a pensar que era el único habitante del mundo. Le daba la impresión de que el frío de ese momento era exclusivamente para él, y que llegaba de un Londres onírico, más bien, que se había hundido. Llegó a El Gato Negro poco después de la una. Estaba medio vacío, los pocos clientes tenían el aspecto de oriundos de un tiempo rezagado, con ropa fuera de moda desde hacía un par de generaciones. Tío Anton miró alrededor antes de decidir dónde sentarse. Le iba a resultar difícil colocarse a hablar con un desconocido. En vano buscó un rostro hospitalario en medio de aquella compilación de antigüedades dispersas en un salón cargado de nicotina y música ambiental, discreta, y sombras. Lo mejor sería acodarse en la barra, donde el barman –un hombre robusto de piel tensa y reseca– a lo mejor ayudaba con la conversación.
—Una cerveza –dijo tío Anton–. Me la coloca, por favor, en un vaso largo.
A su izquierda, un tipo lánguido, de barba despoblada, lo miró como desde otra cuadra –sus ojos a esa hora desconocían cualquier cosa que no fuera un objeto con forma de botella.
—Es que me gustan esos vasos –le explicó tío Anton–. Si me colocan la cerveza en un vaso normal, me coloco bravo. Son las costumbres, la autoctonidad.
Quien le respondió fue otro cliente sentado a su derecha, muy rígido, como trasnochado y de mal humor.
—Cada quien tiene que apersogarse a sus costumbres. De lo contrario, uno es un jipato.
—Oigo la palabra jipato y me coloco rojo, como apenado. No forma parte de mi autoctonidad –dijo tío Anton.
—No me niegue el derecho a usar ese lenguaje, porque lo apersogo por jipato.
—Si usted quiere apersogarse a su propia autoctonidad, mejor lo dejo quieto. Respeto su autonomía. Es más, coloco las manos en el fuego por su derecho a librarse de ser jipato.
—Gracias, compañero. Eso me coloca más contento. Veo que usted es un ser de bien, no apersogado al orgullo ni a la afectación, al contrario de los ciudadanos jipatos que ignoran la autoctonidad.
Los dos se miraron con cierta extrañeza, como si hubieran descubierto una eficacia fulminante. La cómoda repetición de los términos algo singulares que cada uno usó les debió parecer sospechosa. Tío Anton decidió probar de nuevo a ver cómo reaccionaba aquel tipo.
—Caramba, mire usted: me coloqué por error el sobretodo del vecino. No crea que usar abrigos grandes es parte de mi autoctonidad. En general, me apersogo a mi guardarropa para no lucir tan jipato –dijo.
—Eso pensé. Pero no se coloque triste. Tengo experiencia en psicología, puedo notar que usted no es nada jipato, aunque por equivocación se haya apersogado a un sobretodo que no es de su autoctonidad –contestó el otro.
Tío Anton estaba convencido.
—Una pregunta: ¿usted por casualidad no será…? Digo, es que es mucha coincidencia.
—¿Usted también? Ya decía yo que sonaba demasiado portentoso. Nadie se coloca a apersogarse a sus palabras por gusto. No se moleste con los demás, ellos también andan en lo mismo. Habrá que ver por qué carrizo nos mandaron a todos al mismo sitio. Los que mandan deben ser una pila de jipatos.
No les quedó más remedio que quedarse callados hasta el cierre del bar. Ni tío Anton ni el resto quería colocarse a discutir a esa hora la colocación de la autoctonidad apersogada en medio de los jipatos, ni la guachafa de los firifitos, ni la perfilante lavativa de los antagonistas, ni la sampablera de la ñinga –en su oportunidad, con fastidio, las palabras claves habían repercutido en las paredes. A las cuatro se fueron todos sin siquiera mirarse. Tío Anton caminó entre las arcadas de las pulperías y boticas más viejas del centro, entró a un pasaje solitario que daba a la Plaza Baralt y, más allá, al Paseo Sabaneta –con su estatua irreductible y geométrica–, y desde ahí siguió unos atajos hasta su edificio. En el camino había visto montones de afiches unánimes: el Presidente resonaba en la ciudad como una perifonía, con frases que no expresaban sino vaticinios conjugados en presente –todo proyecto suyo surgía cumplido de antemano. Para protegerse, tío Anton pensó que solo faltaba lograr una cosa, y que por eso el Presidente insistía en su enseñanza: Debemos colocarnos a trabajar por la autoctonidad. No quería ser jipato. Por si acaso. 
Pronto iba a amanecer, y desde su ventana tío Anton solo podía observar indistintos planos negros y uno que otro bombillo más bien débil. Se acostó un rato con pocas esperanzas de quedarse dormido. Como a las cinco y media, Estílita comenzó con sus ruidos: le gustaba hacer ejercicios a esa hora, preparase con pausa para ir a trabajar –era ascensorista. Tío Anton la escuchaba haciendo sentadillas, bufando después de las primeras como un motor exhausto. Poco tiempo después sonó el teléfono.
—Le habla el Funcionario Notificador.
—Yo soy un Colocador en Espera de Notificación sobre el Área de Influencia del Colocador Investido como Colocador.
—Portentoso. Le informo que debe continuar su trabajo ahora mismo. Su Área de Influencia de Colocador Investido como Colocador es la zona del centro que está cerca del río. Hasta nuevo aviso, concéntrese en el bulevar Longjumeau.
—Entonces me siento y coloco, ¿no?
—Se sienta o camina. Lo otro se irá viendo. Por acá estamos listos.
A tío Anton le fastidió tener que salir incluso más temprano que Estílita. Antes de irse, le tocó la puerta para darle noticias.
—¿Qué pasó? ¿Vas a salir a esta hora? Pareces un muerto –dijo ella.
—Es que empecé anoche mismo. Y tengo que seguir ya en el bulevar. Es mejor no quejarse, no fue fácil conseguir el trabajo.
—Pero te ves ojeroso. ¿No quieres comer antes? Un huevito.
—Yo me las arreglo por allá. Nos vemos después.
En las calles se descubría con nitidez la textura de todos los objetos, la acera y las paredes lucían desgastadas, como si la luz del amanecer fuera erosiva y desprendiera trozos de piel de la gente, cortezas. A tío Anton el frío no lo distraía, caminaba pensando en los sueños negados y en las palabras que arrastraba como botones sueltos. Cuando llegó al bulevar Longjumeau, no había nadie. Se sentó junto a una fuente a mirar el agua, mientras esperaba que la ciudad se animara y abriera los oídos a sus colocaciones. Tuvo tiempo de pensar lo excepcional que resultaba que justamente a él le tocara colocar el verbo colocar; no sabía si sentirse apoyado o resentido: le correspondía lo más obvio, lo que se deja de último por ser lo más cercano y banal. La visita al bar había sido un chasco, pero le había permitido especular que ese empleo era como una beca tramposa. En ese lugar se reunieron varios colocadores que terminaron por enmudecer ante las señas de lo redundante. De eso se trató: de pronunciar en el vacío oraciones idénticas acotadas por el vocabulario, como la representación incalculada de una conversación de niños. Tal vez la idea era establecer pensamientos pueriles centrados en los significantes, en limitados prefijos privativos, en vocablos provenientes de un oficio único. Sin embargo, tal vez fuera más conveniente darle el beneficio de la duda al trabajo de colocador: tío Anton sabía que el Presidente acostumbraba decir una sola oración con variaciones que malamente lograban disimular que eran la misma frase central. Concluía que el método beneficiaba al Presidente al insistir en una enseñanza que debía fijarse como forma de vida. Se podría concluir que se buscaba a propósito hacerlos actuar como aquél, en el rol de sub-Pedagogos o infra-Presidentes –y entonces su función era nada menos que servir de modelos sociales. Tío Anton lo sabía: la lengua es más que la sangre, como dijo Franz Rosenzweig.
Con lentitud, el bulevar fue cobrando vida. Alrededor había oficinas del gobierno; oficinas del Partido; espacios aún vacantes que serían ocupados por el gobierno y el Partido, siguiendo una simetría irrefutable; algunos quincallerías donde indistintamente podía uno toparse con artículos de higiene, franelas con emblemas de La Gran Transformación, armas de juguete, leche, esténciles y potes de pintura, velas, harina, discursos del Presidente y sus ministros. Las bancas de madera las fue ocupando gente tan demacrada como el mismo tío Anton. Había que idear una estrategia para cumplir con la tarea. Tío Anton decidió colocarse a caminar y hablar a la vez en voz alta; quién sabe si así los demás le prestaran atención y aceptaran la profunda razón de ese lenguaje coreado.
—Me gusta más cuando el sol sale que cuando se coloca. Es parte de mi autoctonidad. Lo que pasa es que estoy muy pálido, necesito colocarme tostado para esperar el cambio.
Eso decía tío Anton al pasar frente a las bancas o cruzarse con algunos peatones. Lo hizo así durante una media hora, sin patrón definido: su marcha era aleatoria, seguía el impulso de las reacciones faciales que iba descubriendo –cuando suponía que sus palabras eran efectivas, tío Anton acortaba el trayecto entre el límite del bulevar y la zona donde estuviera esa persona. Más tarde, como propulsados por esa caminata, otros copiaron al colocador. El área completa se volvió un laboratorio verbal donde se conjugaban aforismos, descripciones, versos, rotundos clichés, exhortaciones, avisos de riesgos y encargos. El bulevar Longjumeau como texto civil: solo en la noche, consumido por esa redundante jornada laboral, en un segundo de lucidez, entendería tío Anton que habían creado en comunidad un perfecto discurso del Presidente: “El heroicismo nos obliga a colocar la guachafa en el lugar del bochinche climatérico. La sampablera debe apersogar su autoctonidad para no ser jipata y no caer en el dányer del esparcimiento y la lavativa de los gafos y lecos. Que se los dice el reyastro”. Igualmente: “Acá la sampablera tiene su verdadero reyastro, un dechado de heroicismo nada jipato ni leco que aspersoga su guachafa en busca del Enorme Climaterio, que es el propio dányer para la ñinga de esos gafos. Porque la autoctonidad no es igual al bochinche, como lo define el folleto del esparcimiento. Coloquémonos manos a la obra”. Tío Anton, ya en su cama, con los ojos cerrados, escuchó, concentradas, cientos de versiones de esa perorata, y detalló a los pobladores de una isla extraviada y xerófita que apenas lograban comunicarse con esas variaciones.
Había regresado tarde a su cuarto y apenas había saludado a Estílita.
—Ni sé qué decirte, estoy aturdido –le explicó.
En menos de veinticuatro horas había entrado en un sistema organizado alrededor de un ritual y sus fórmulas orales. Tío Anton sintió que participaba en una especie de locuaz ceremonia derviche: su permanencia en aquel bulevar había consistido en vueltas y vueltas sobre una plantilla invisible, mientras repetía como un mantra expresiones idénticas. Todo eso debía tener algún sentido, que ni él ni los demás participantes lograban descifrar. Habría que aceptar que eran verdaderos agentes del progreso.
Lo volvieron a llamar en menos de una hora.
—Le habla el Funcionario Notificador.
—Soy el Colocador en Espera de Notificación sobre el Área de Influencia del Colocador Investido como Colocador.
—Portentoso. Le informo que debe proseguir su trabajo esta noche. Su Área de Influencia de Colocador Investido como Colocador es la zona del centro que está cerca del río.
—Claro.
—Debe visitar bares, cafeterías y plazas. Por hoy, debe ir inmediatamente a El Gato Negro, en la Libertador.
—Y me siento y coloco.
—Eso. Por acá estamos listos. Lo otro se irá viendo.
Tío Anton se colocó el sobretodo y el sombrero, y salió. Por suerte el Yonekura no quedaba tan lejos del bar, le gustaba caminar por la noche. Llegó a El Gato Negro como a las once y media. Estaba casi vacío, y los pocos clientes tenían el aspecto de zombis obligados a mantenerse en la ciudad con fachas de otros mundos. Tío Anton sabía que volvería a sentarse en la barra y a plagiarse de inmediato. Dejó sus corotos en la silla de al lado.  
—Una cerveza –dijo tío Anton–. Me la coloca, por favor, en un vaso largo. Ya sabe, mi autoctonidad.
—Por supuesto.
Tío Anton se miró en el espejo que había detrás de las botellas. A pesar de los obstáculos, pudo captar medio cuerpo: la camisa parecía de alguien más, quizá una versión de sí mismo salida de un orbe cóncavo situado en un sótano de la calle Garay; el sombrero le recordaba la noción de antifaz, de tan caído que estaba; el reloj de pulsera le bailaba de un modo que le hizo pensar en un collar. Como el resto de los clientes, tío Anton se quedó callado y cabeceando hasta que cerraron el bar a las cuatro de la mañana; por causa de la debilidad se imaginó que el lenguaje era el retrato de un minotauro gigantesco encerrado en un laberinto disminuido, con un léxico bastante restringido fundado en la generalización de prefijos y venezolanismos. Afuera, se colocó el sobretodo y el fedora: no estaba seguro de que siguiera pareciéndose a James Cagney, y el titubeo se le antojó que concordaba con la decadencia de su nombre nuevo. Era Yeims Cagny, cierto: un ciudadano frágil con una función interminable.
Hasta las cinco y medio esperó frente al edificio Yonekura. Calculó que, como siempre, Estílita se despertaría a esa hora para hacer calistenia. Supuso que lo iban a llamar en poco tiempo; no valía la pena ni siquiera fingir que dormiría. Tocó la puerta de la vecina luego de comprobar que estaba levantada.
—Caramba, ¿y sí estás vivo? ¿Qué mierda de empleo es ese? –le preguntó Estílita al abrirle.
—Un colocador es alguien que usa a voluntad ciertas palabras para hacerlas circular. Hay que ganarse el pan. Creo que soy bueno en esto. En un rato debo salir otra vez. Vine a empezar El Rey Lear, me hace falta un toque de poesía.
Estílita se quedó parada en la puerta mientras tío Anton se subía a una silla y con una pluma escribía una línea: 
I thought the king had more affected the duke of Albany than Cornwall It did always seem so to us; but now
 —Otro día sigo, no recuerdo más.
El teléfono repicó nuevamente en el cuarto de tío Anton. La luz del amanecer se coló con timidez por la ventana, como renuente a asomarse toda de un golpe.
—Le habla el Funcionario Notificador.
—Soy el Colocador en Espera de Notificación sobre el Área de Influencia del Colocador Investido como Colocador.
Tío Anton se maravilló de poder decir eso sin equivocarse. 
—Le informo que debe proseguir ya su trabajo. Su Área de Influencia de Colocador Investido como Colocador es la zona del centro que está cerca del río.
—Right.
—Debe visitar bares, cafeterías y plazas. Por hoy, debe ir inmediatamente a El Gato Negro, en la Libertador.
—Y me siento y coloco.
—Eso. Por acá estamos listos. Lo otro se irá viendo. Buenas noches. Digo, buenos días. Entre paréntesis, no se le permite expresarse en inglés.
—Ok, portentoso. Naiden es perfecto ni ¡guá!. Sí, capitán, mi capitán, a colocarme en mi puesto. Una cosita: ¿no habrá querido decir el bulevar Longjumeau? El bar está cerrado.
—Right, sargento. Insomne. Insípido. Caney. Tapara. Ingente. Pichirre. Inverosímil.
Tío Anton se sentó en una banca de madera pintada de verde. En el lugar se encontró con varias personas sentadas también, o caminando; era la misma gente del día anterior, con excepción de algunas pocas caras. En el aire se advertía un zumbido algo eléctrico, como de contigüidad o yuxtaposición de enunciados. El sol se iba colocando cada vez más alto en el cielo, como en procura de su autoctonidad. Tío Anton luchaba con el sueño; no quería que lo despidieran por jipato o por leco. Había estado muchos meses sin empleo por causa de un malentendido. Si algún supervisor se asomaba por ahí y lo pillaba adormilado, de seguro regresaba a la Lista con su nombre postizo; ese era un dányer muy serio. No había marchado hasta el Paseo por puro esparcimiento: era un servidor del climaterio, tenía la jaiba requerida para abolir la sampablera más perfilante. Debía apersogarse al heroicismo que luchaba a favor de nuestra lavativa. Tío Anton estiró las piernas como había visto que lo hacía Estílita; después, extendió los brazos huesudos con el fin de tocarse la punta de los pies. Era forzoso echar a un lado la ñinga, se repitió en silencio; el Presidente precisaba la fusión de todos los ciudadanos dispuestos al avance. Eran tiempos de cambio, los gafos debían darle paso al reyastro y sus soldados.
—El sol anda como rastrero y rubicondo, ¿no cree? –le preguntó a tío Anton un chamo que se sentó en la banca.
—Se dice rubicundo, pero a quién le interesa.
—¿Usted también…? La cosa es que la ficha dice así.
—Ni importa. Vamos a colocarnos a deambular con los otros. Por si acaso.
Tío Anton lo agarró de la mano. Juntos dieron vueltas con el resto hasta que se hizo de noche. Varias veces tío Anton cerró los ojos y se colocó a fantasear que era posible un planeta donde el verbo ponersiguiera siendo admisible. Estaba agotado, por supuesto; en esas condiciones se piensa cualquier cosa. Tío Anton soñó que se acostaba, y desde el suelo veía caer cientos de estatuas de alambre que emitían ruido blanco, y detrás de ellas veía a Venus alzarse. Más. Tío Anton soñó que se acostaba en una habitación enorme, y desde el suelo distinguía que por el río navegaba un barco parecido a una radio alemana, Telefunken, muy alta, que no llegaba a taparle la vista de Venus, que se alzaba. Aún más. Tío Anton soñó que en una red de mensajes una puerta se abría, y por ahí salía un robot que traducía los deseos y pensamientos de Venus desnuda –hasta entonces mal dichos y mal vistos. Y aún más. Tío Anton hasta llegó a soñar con un hombre esquelético que, encerrado en un cuarto en una torre en una invisible ciudad de mil trescientos puentes, escribía en una lengua oscura, que era todas las lenguas, incluso las más comprensibles y las más sanguinarias, y en cada versión de un poema en cada lengua simultánea describía en segmentos los atributos del cuerpo de Venus, que se alzaba. Y aun todavía más. Tío Anton soñó que, en la mañana, en el vacío que quedaba entre las frases, se asomaba el rostro de un fantasma contrahecho, quizá enano, posiblemente hediondo, y con la jeta abierta el fantasma vestido de almirante renunciaba a fingir que sabía lo que había hecho con su vida en la basura, entre potes unidos por un hilo.  
—¿Le pasa algo, maestro? –le preguntó el joven, que a esa hora también lucía endeble. Tío Anton se irguió como si hubiera recibido otro aliento; hasta logró contestar que no con la cabeza, antes de caer al suelo y alucinar que a salvarlo venían muñecas rusas que tenían por dentro diversas sombras huecas donde cabían los reflejos de caballos tortuosos de jinetes sin labios, ni tronco, ni cuello, y eran por tanto solo piernas y brazos flotantes, sin guía. Sin pausas, lentamente, ambos se fueron convirtiendo en una masa que lograba arrastrarse por el piso, hecho arena densa, barro a lo mejor, y en ese estado aún se las arreglaban para abrir la boca y articular sonidos, cháchara, bullanga. De lejos parecían un animal reciente. Tío Anton y el muchacho con las rodillas o algo así andaban, despacio, por el suelo, y por encima de ellos circulaba una capa de ruidos que quizá describían alguna gesta. Habían fallado mejor que en otras ocasiones. O animales o una mezcla infrecuente. Se dice que el corazón de tío Anton se paró, pero qué ameba tiene o corazón o pecho. El chamo trató de separarse y lo logró. Una sola alma ahora repartida en dos sujetos.
Y entonces el temor.    
El joven, del miedo de la muerte, del miedo de la muerte asombrosa, y común, sin preceptos, se puso rubicundo. Llenito de palabras rojas en la cara.
Porque la lengua es más que la sangre. 

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