A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

viernes, 8 de mayo de 2015

El Vallejo de Los heraldos negros y Trilce es, a decir de André Coyné (enApuntes biográficos de César Vallejo, Mar del Sur, n 8, Lima, 1949), un cholo (mestizo de piel trigueña) de apenas 26 años, de cabellera negra, frente ancha, nariz aguileña, boca grande, labios delgados, cejas pobladas, y ojos de color pardo. Su altura: 1 metro 70 centímetros. Pero más que sus rasgos fisonómicos nos interesan sobre todo sus sentimientos de entonces, su hondura existencial, su desgarre interior que podemos percibir en Los heraldos negros. También su preocupación por los pobres y desvalidos, su honda vena de corte social, su rebeldía, sus dudas en torno a Dios y a la fe familiar.

Vallejo, su eterna rebeldía

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
jueves 7 de mayo de 2015  12:00 AM
El Vallejo de Los heraldos negros y Trilce es, a decir de André Coyné (enApuntes biográficos de César Vallejo, Mar del Sur, n 8, Lima, 1949), un cholo (mestizo de piel trigueña) de apenas 26 años, de cabellera negra, frente ancha, nariz aguileña, boca grande, labios delgados, cejas pobladas, y ojos de color pardo. Su altura: 1 metro 70 centímetros. Pero más que sus rasgos fisonómicos nos interesan sobre todo sus sentimientos de entonces, su hondura existencial, su desgarre interior que podemos percibir en Los heraldos negros. También su preocupación por los pobres y desvalidos, su honda vena de corte social, su rebeldía, sus dudas en torno a Dios y a la fe familiar.

En algunos de sus poemas Vallejo nos muestra a veces su dolor, pero también su ironía, su enojo con el mundo y con todo lo que le rodea. A decir de algunos de los estudiosos de su obra, es Los heraldos negros un libro complejo en estilos y formas, pero también en densidades poéticas, en atisbos de hondura metafísica y desgarre escatológico. Vallejo se nos presenta desde un comienzo como un poeta desafiante de su entorno y de las creencias abigarradas de la sociedad de entonces, y busca con sus latiguillos poéticos zaherir la delicada piel de sus contemporáneos; muchas veces hacerla trizas. 

Hay tensión en Los heraldos negros, hay ruido frente a la no-certeza y al desconsuelo, lo que implica abrazar una fe que no lo llena en lo más profundo de su ser. Pero César Vallejo no es un ateo, ni tampoco reniega de Dios, sólo que establece con Él un diálogo que podríamos calificar de atrevido, de iconoclasta e irreverente, frente a una Omnipotencia que ante sus ojos reveladores de "su mundo", no es más que mero artificio y tradición en un medio indómito, hundido en grandes contradicciones e injusticias.  Tal vez su reclamo sea el reclamo de todos. Resentimiento, sí, pero honesto y sincero en medio de la nada y del vacío existencial. Su percepción de la lucha de clases no es distinta a la de otros poetas (por ejemplo, Borges, por nombrar a uno solo); pero la suya no es meramente libresca ni enciclopédica, como la del genial argentino: es nacida de su propia experiencia. De hecho: la cárcel es una de sus escuelas.

No escapa Vallejo al deseo carnal, al llamado atávico de la cópula, al deseo atajado tan sólo por los frenos de lo sagrado. En Los heraldos negros "el amor es, entonces -nos dicen Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani enLiteratura Hispanoamericana, 1994- una llamarada instintiva e irrefrenable que caldea el barro triste del hombre y lo hace sucumbir en la concupiscencia. Amor, ¡en el mundo tú eres un pecado!/ Mi beso es la punta chispeante del cuerno/ del diablo; ¡mi beso que es credo sagrado!"

Como lo expresan los citados autores, en los textos de Vallejo entra en juego entonces la noción de lo platónico, para que no se involucren los sentidos, ni que haya tampoco el goce sensual. El poeta se hunde en su perenne búsqueda de referentes que lo ubiquen más allá de su finitud corpórea, para exaltarse hasta cimas en las que se topa de lleno con la divinidad; de allí su ironía y su ánimo exultantes frente a lo intangible. De allí su desasosiego. Los heraldos negros es -si se quiere- una apertura abismal en la producción de Vallejo, un caer interminable en las interioridades del Ser y de su entorno. Es el permanente auscultar más allá de la razón, para quedarse luego detenido en la descripción de una realidad que no le es ajena; todo lo contrario: lo conmueve, lo azuza, lo mueve, lo interpela hasta adentrarse sin rubor en los profundos meandros del ser individual y colectivo, como excusa para su eterna rebeldía.

@GilOtaiza
rigilo99@hotmail.com

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