A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

jueves, 17 de abril de 2014

Leí esta columna de Fernando Chumaceiro y recordé a Franco Muci-Mendoza , quien en uno de esos años que trabajé con Aziz, vino a Venezuela y lo conocí en la casa de Camoruco Viejo hoy desaparecida entre ruinas...El en el tiempo que estuvo en Valencia leyó con sumo placer este libro de Miguel Otero Silva y "La Isla de Robinson" de Arturo Uslar Pietri. Vaya a él, si vive, mi recuerdo...

Notitarde 14/04/2014

La Piedra que era Cristo

Fernando Chumaceiro
Un día que ubico entre finales de 1982 y principios de 1983 recibí una llamada de Ciro Urdaneta Bravo, en la cual me anunciaba la visita a Maracaibo de Miguel Otero Silva, a quien le estaban organizando su agenda de actividades y querían saber si podía cenar con él la noche víspera de su regreso. Acepté de inmediato con la emoción de quien se va a encontrar con quien pobló de poesías los años de su adolescencia y temprana juventud. Guardo un vívido recuerdo de aquella noche. Hablé poco, solo lo indispensable y me dediqué a escucharlo. Sabía de su amistad con Neruda, otro de los poetas que me han acompañado a lo largo de la vida, haciéndole centenares de preguntas. Al final del encuentro le pregunté hacia donde se dirigía y me dijo que a Israel, país que hasta ese momento él no había visitado. Al preguntarle cuánto tiempo estaría allí, me respondió que alrededor de seis meses. Me extrañó su respuesta pues me parecía demasiado tiempo para un país tan pequeño y me respondió que se proponía escribir un libro. ¿Cual será el tema? le pregunté. Me  respondió, "si prometes no decirlo a nadie te lo diré". Le di mi promesa y me dijo "voy a tratar de escribir un libro sobre Cristo". Aquella respuesta me causó una profunda emoción. Le expliqué que mi padre era hebreo y mi madre católica, que en la familia de mi padre yo era el primer descendiente bautizado católico, condición que mi padre había aceptado para que la Iglesia autorizara a mi madre a contraer matrimonio. Le expliqué que mi padre tenía, en idioma castellano, una colección de libros, cerca de veinte tomos, sobre Israel, su geografía, historia, cultura, religión, arte y otros temas relacionados con el país, que yo le pediría que me permitiera entregárselos a él para que pudiera ampliar sus fuentes de información. Eso hice y al día siguiente los dejé en las oficinas que El Nacional tenía en Maracaibo para que se los hicieran llegar a él. Eso hice, pero nunca supe si los libros llegaron a sus manos.
Tiempo después, en Caracas, pasé frente a una librería y vi un libro de la editorial Oveja Negra, en cuya portada se leía: Miguel Otero Silva "La Piedra que era Cristo" . Corrí a comprarlo y lo leí de principio a fin en una sola jornada. A ese libro regreso cada cierto tiempo. En este de Cuaresma, que acaba de finalizar, he vuelto a leerlo.
Cada vez encuentro nuevos giros o facetas que profundizan mi admiración por Miguel y mi devoción por Jesús. El libro termina con esta frase: "...no lograrán matarlo. Él ha resucitado y vivirá por siempre en la música del agua, en los colores de la rosas, en la risa del niño, en la savia profunda de la humanidad, en la paz de los pueblos, en la rebelión de los oprimidos, sí, en la rebelión de los oprimidos, en el amor sin lágrimas".
Hoy, concluida la Cuaresma, escribo estas líneas ratificando mi admiración por Miguel y mi devoción por Jesús.

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