A Cora Páez de Topel Capriles

A Cora Páez de Topel Capriles
A Cora Páez de Topel Capriles, gran amiga de Aziz Muci-Mendoza, él le recordaba al compositor de mediana edad Gustav von Aschenbach, protagonista de la película franco-italiana "Muerte en Venecia" (título original: Morte a Venezia) realizada en 1971 y dirigida por Luchino Visconti. Adaptación de la novela corta del mismo nombre del escritor alemán Thomas Mann.Se trata de una disquisición estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnadas en el personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del protagonista.

domingo, 20 de noviembre de 2016

: Mariano Picón-Salas buscó –a partir del ensayo– las razones que rigieron buena parte de su vida. Esta posición ante la escritura implica una visión retrospectiva, la del que vuelve, la del que está de regreso y desea hacer repaso, examen de lo que ha experimentado. Todo esto para encajar su vida dentro de una trama temporal, sensible, humana, volverla algo más comprensible y asible, dentro de ciertos horizontes simbólicos.

Los trabajos de la conciencia


Mariano Picón-Salas / Foto Archivo El Nacional
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Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre. ¡Conciencia, no me abandones!, es el grito del hombre que quiso pensar y deliberar con justicia en la angustiosa lucha existencial
Mariano Picón-Salas, Regreso de tres mundos
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La primera intuición: Mariano Picón-Salas buscó –a partir del ensayo– las razones que rigieron buena parte de su vida. Esta posición ante la escritura implica una visión retrospectiva, la del que vuelve, la del que está de regreso y desea hacer repaso, examen de lo que ha experimentado. Todo esto para encajar su vida dentro de una trama temporal, sensible, humana, volverla algo más comprensible y asible, dentro de ciertos horizontes simbólicos. Esto parece aclarar Picón-Salas cuando apela al espacio fundado por Dante. Así estos “regresos” del ensayista proponen dar cuenta de cómo fue su paso por su infierno (mundo), purgatorio (demonio) y paraíso (carne). Vaya donde vaya, es lo que parece entreverse, sea en el reposo, o en la peregrinación, estos parecieran ser los trabajos de su consciencia. Y tal vez, tampoco debe descartarse, para seguir con el no pocas veces evocado bardo italiano, Picón-Salas también pareciera estar buscando las pistas de su vita nuova. ¿Qué ha quedado luego del regreso? ¿Cómo ha sido cumplido –escrito– el tránsito? La “conclusión”, errante, por decirlo así, está al inicio de su libro. Él solo ha lanzado una botella al mar (¡y qué faena!): “quise ofrecer un poco la razón de mi vida; definir los impulsos e ideas que me condujeron; contemplar con implacable crudeza lo que uno llamaría su proceso de formación o destrucción”.
No deja de ser estimulante la paradoja que deja aquí el ensayista: formarse es también destruirse. Cada paso hacia el aprendizaje, hacia el “perfeccionamiento”, implica acercarse a la descomposición. Más que regreso, entonces, prepararse para la partida. Y en la consciencia fatídica que a ratos se expresa en estas páginas –breves, pero muy comprimidas, oscilantes– late muy de cerca la muerte. Está tomada la voz que rige este libro por “ese extraño demonio de la intranquilidad”. Si bien este rasgo, a ratos angustioso, se presenta bajo distintos rostros en el desarrollo de estas visiones de vuelta, hay que agregar la nota de equilibrio: Picón-Salas no se regodea siempre en pensamientos desengañados. No, este desasosegado sentimiento, el de una vida marcada por inminencias políticas, e interiores, está compensado por otro elemento importantísimo: se trata de una consciencia histórica, atenta a los movimientos que ocurren a su alrededor, muy aguda, erudita pero sensible y clara, porque sabecuáles son sus límites. Algo así revela este pensamiento, dejado caer con languidez: “No somos precisamente héroes, pero quisiéramos hacer algo o partir muy lejos”. 
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También podría decirse de Picón-Salas lo que dijo Montaigne –otra presencia importante en estas páginas– de sí mismo al comienzo de sus Ensayos: “Este es un libro de buena fe, lector”. Sí, el libro, la colección de pensamientos y reflexiones, el lugar de la escritura donde el autor bordelés pinta “algunos rasgos de su condición y humor”. Mucho de esto puede entreverse en la fluida prosa de Regreso de tres mundos. Cristian Álvarez, en Salir a la realidad: un legado quijotesco, compendia lo que yo quiero decir en una interesante frase: Picón-Salas, para el estudioso, “busca esclarecer y reunir inteligencia y vida”.
Picón-Salas no se sabe solo en el retrato que hace de sí mismo. Lo advierte el subtítulo de su obra: un hombre y su generación. Esta consciencia hace que la escritura quede permeada por muchos registros: si bien oscila entre la exposición conceptual y el detalle histórico, tampoco vacila en detenerse en anécdotas, canciones populares, la sabiduría oral de sus antepasados merideños, sus maestros y amigos; el trazo lírico, la memoria de viajes, las penurias de sus tránsitos, los encontronazos, los amores y las enfermedades; la visión de un país que ha estado sometido por la dictadura de Juan Vicente Gómez, el paso de la economía agraria a la petrolera. Fue testigo Picón-Salas de tantas mutaciones que tocaron directamente las costumbres y las formas de habitar el mundo. Lo dirá claramente: está ante el cisma “de todo un sistema mental”. Se imponen otras visiones y sus fundamentos están más en la aventura que en la herencia, así lo recalca, los lentos tiempos del campo apegados al “orden casi cósmico de la experiencia”, llenos de sabiduría proverbial. Algo de esto aparece en la visión del muy joven Picón-Salas, visto por sí mismo, pero desde la distancia, sobre las experiencias que marcaron su travesía formativa: “Como había una llave para el portón, la sala, la despensa, la caballeriza, así se ordenarían, por ejemplo, ‘lo que hay que pensar sobre el matrimonio y las relaciones sexuales’; otra podría denominarse ‘educación’ o ‘principios políticos”.
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Picón-Salas busca acercarse a lo que ha sido su propia educación, es decir, la formación de su carácter, cómo el tiempo lo ha permeado y moldeado. Y algo más sabe: llevar a cabo todo lo anterior, es decir, realizarlo y desplegarlo en la escritura –para lograr en el plano sensible una comprensión más o menos general del país– tampoco es tarea de un solo hombre, ni de dos. ¿Será por eso que de tanto en tanto aparece, vuelve, otra vez, la inquietud por el tema generacional? Es un esfuerzo silencioso, problemático, muy cercano a los regidos por el “corazón acezante”. Tal vez solo sea el deseo de saberse y sentirse acompañado en la aventura de escribir y comprender su vida de diásporas. Por eso, en la botella que Picón-Salas lanza para el futuro, consigna estas reflexiones: “Cada hombre, cada generación, debe encontrarse con sus propios reveses y librar su peculiar apuesta con el destino. Solo para un hermoso cuento que también se llama la Historia, narramos lo que a nosotros nos pasó. Más que una lección práctica, contar historias es un entretenimiento liberador para el cansancio del hombre”.
Si bien Picón-Salas se sabe inmerso en su tiempo, hay un petitorio que recorre su escritura y no lo pierde de vista: alcanzar la concordia consigo mismo, cierto sentido de la tolerancia, o mejor aún, la moderación, la nada fácil lucha por alcanzar algo de lucidez. Nada más y nada menos, le pide a su escritura esta tarea: volverse más atento, más avisado (¡!): consciencia, no me abandones. A este punto Picón-Salas volverá una y otra vez. Y aquí ocurre otro de los tantos movimientos de su libro: si bien sabe que debe asumir la salida, tampoco pierde de vista los rastros del mundo que fue dejando. Pero Picón-Salas, hombre de preocupaciones civiles, también estaba muy interesado en lo que puede hacer un pensamiento en el mundo y todo lo que puede ayudar a modificar (o destruir): “El ingeniero que desvía el curso de un río o aplana a dinamitazos la montaña para que pase una carretera debe sentir algo semejante a lo que aspira el filósofo o el poeta cuando quiere que su obra cambie también el proceso de la sociedad, engendre una realidad nueva”.
Prosa de muchas vertientes, memoriosa, arborescente, llena de bifurcaciones y atajos que deparan nuevos descubrimientos, lo anterior hace que Regreso de tres mundos no se agote en una sola lectura. Para comenzar a situar dónde está esté libro, cuáles son sus posibles coordenadas en el ensayo venezolano contemporáneo, no está de más recordar lo que Guillermo Sucre anotó en el prólogo que  hace a otro libro de Picón-Salas: Comprensión de Venezuela. Justo debajo de esta cita colocaré otra del ensayista merideño, esta vez proveniente de “Y va de ensayo”. Ambas, entre sí, en esta disposición, dialogan, se refractan y ayudan a comprender cierta actitud ante el conocimiento y las formas de organizar la experiencia. Revelan una secreta continuidad de tono. Más allá de lo meramente combativo y los afanes programáticos, basta pensar en la tradición ensayística latinoamericana, desde la Independencia hasta nuestros días, la tarea de estas prosas parece estar dada para la búsqueda de confluencias entre la sensibilidad y el pensamiento:
Como un dios Jano, el ensayo tiene dos caracas: una que mira hacia la filosofía, otra que mira hacia la estética. Pero la metáfora no es del  todo exacta. Más que fronterizo o ambivalente, se trata de un género mercurial: sus componentes no llegan a formar un precipitado definitivo  y estable, sino que intercambian sus propios signos: viven desdoblándose, en continua tensión dialéctica. No importa que el filósofo predomine  sobre el artista o que ocurra lo contrario: el verdadero ensayista no es ni uno ni otro, sino ambos a un tiempo: un ente distinto, sin identidad  y, sin embargo, reconocible en su no-identidad.
La función del ensayista –cuando lo es como Carlyle, Emerson, Santayana, Unamuno– parece conciliar la Poesía y la Filosofía, tiende un  extraño puente entre el mundo de las imágenes y el de los conceptos, previene un poco al hombre entre las oscuras vueltas del laberinto y  quiere ayudarle a buscar el agujero de la salida. No pretende como el filósofo, ofrecer un sistema de mundo intemporalmente válido, sino  procede de la situación o conflicto inmediato.
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Picón-Salas estaba asediado por el “demonio” de la pregunta, no solo por las posibles idas y vueltas de su vida, sino también por los cambios que marcaron su tiempo. Así como se desarrollaron técnicas para explorar y explotar los suelos, también aparecen las formas, digamos, más propicias para la indagación interior. Por eso Picón-Salas se detiene en el psicoanálisis y lo ve como “un metabolismo del alma”. Bajo sus propias posibilidades expresivas, algo así ha hecho en estas páginas. Debe ser por esto que escribió: “Cada uno siente su propia cicatriz, y aun en el amor más ardiente, en la cópula más dichosa de los cuerpos y las almas, todavía subsiste en la piel y el aliento un poco de rebelde soledad”. Pero esta cicatriz, si bien es individual, intransferible, no se queda solo en los laberintos de la vida interior, también se expande y mina el campo social. Tal cosa lo hace detenerse en todos los problemas que pueden suscitarse cuando aparece la pregunta por las condiciones y las posibilidades materiales de la existencia. Esto no lo hace irse por los caminos de la demagogia y las actitudes sectarias. Quiero decir: Picón-Salas no se colocaba en los extremos ideológicos. A la hora de las diatribas entre izquierdas y derechas, su talante, más dado la pintura en prosa y la cavilación memoriosa, optaba por la discreción moderada y reticente: “En medio de ese furor de endemoniados que tanto a la derecha como a la izquierda parecía acosarnos, preferí mi liberalismo –un poco anacrónico– al monopolio de la verdad y las fórmulas inflexibles que ofrecían los nuevos empresarios de mitos”.
Si se pudiera llamar así, apenas Picón-Salas se permitió solo esa “consigna”: conciencia, no me abandones. Sabía que la libertad comienza en el individuo y el templado trabajo de la consciencia sobre sí misma y su respectivo –y duro– acoplamiento en el mundo. Solo así podría alcanzarse una claridad en el juicio (no exenta de vacilaciones y errores). De ahí viene su incómoda y valiosa pregunta: “¿A qué filosofía o qué fe podemos encomendarnos?” Es todo lo contrario a la mera modelación ideológica. Y lo anterior, clarísimo está ya, implica distanciarse de la palabra “revolución”, tal y como ha sido ejecutada, desde la experiencia de Picón-Salas hasta estos días, en ese oscuro trecho que va desde el tutelaje de las consciencias, por la vía del culto a la personalidad, hasta la feroz burocratización del hambre. Pero aquí la reflexión interior cede y aparece la exposición conceptual, firme y calma, sin perder su centro gravitacional. Sobre cómo pueden ocurrir, más que las revoluciones, la posibilidad de reformar el mundo, tal vez como ese mismo ingeniero que busca cambiar los cursos del río, explica el ensayista: “Acabamos entonces de aprender que ninguna Utopía política ha logrado realizar el Estado perfecto, y quizá la reforma más válida de la sociedad comenzará en el hombre mismo”. Ahora bien, la capacidad de hacer preguntas de Picón-Salas, a la hora de tocar los asuntos más duros de la vida venezolana, se mantiene intacta. Propone discusiones de considerable incomodidad, muy difíciles de responder, dicho sea de paso, por el furor de los endemoniados, entre otras especies, poco dadas al talante escéptico y meditativo. En el año 1959, Picón-Salas tocó un tema que aún sigue sin clara resolución. Lo siguiente puede colocarse al lado de cualquier noticia actual. Basta con ir a la sección económica de cualquier periódico –o sencillamente revisar los secretos papeles que se trafican en las oficinas del poder– para corroborarlo: “¿no trabajamos todavía como siervos coloniales para las grandes potencias y los consorcios; no les entregamos todas nuestras materias primas para que ellos las transformen, manufacturen y vendan;  no pagamos a precio de usura las líneas de ferrocarril y los empréstitos que nos concedieron?”
Otro tanto podría asumirse cuando Picón-Salas critica a los que asumen el espíritu de partido como bandera y subordinados van con el jefe de turno y sus caprichos. Aquel talante liberal, “anacrónico”, asume más bien la voz de alerta. Tampoco se dedica a repartir sus convicciones aquí y allá. Más bien, se trata de adentrarse en el malabarismo mercurial de la pregunta. Sí, aquel juego infinito, en el borde de la cuerda floja, capaz de interpelar a partir del minucioso y constante ejercicio de la ponderación. La pregunta fundamental de estas líneas –¿qué haría nuestro “führer”?– se ha repetido de manera insólita en el panorama político venezolano de los últimos años. O más que repetirse, para ser mucho más preciso, se ha literalizado, tanto que hasta sería escandaloso dar mayores precisiones. Pero en los “regresos” de Picón-Salas, apareció la advertencia de rigor. Y desoírla, cabe recordarlo, implica otros trabajos más, tal vez infinitos, no exentos de pena, tal vez demasiada, mucho más de lo soportable paras las generaciones que padecen los rigores de estos tiempos (y hasta para los que hacen como si nada pasara): “Negando la dialéctica, los intelectuales comunistas durante treinta años no quisieron perturbar los sueños y los planes del camarada Stalin. Y Stalin debía pensar –con autoridad de dogma– no solo sobre política sino también sobre genética, filología y pintura. ¿No era, en territorio opuesto, lo mismo que decía el Ministro de Justicia de Adolfo Hitler?: ‘Antes teníamos el hábito de decir qué es esto: ¿justo o injusto? Hoy la pregunta tiene que formularse de otra manera: ¿qué es lo que quería nuestro Führer?”.

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