Henry Delgado
El autor prepara otras novelas, un libro de cuentos y la
recopilación de las entrevistas realizadas por él
Por HUMBERTO SÁNCHEZ AMAYA | HSANCHEZ@EL-NACIONAL.COM |
@HUMBERTOSANCHEZ
29 DE ABRIL DE 2017 12:01 AM | ACTUALIZADO EL 29 DE ABRIL DE
2017 08:17 AM
Ben Amí Fihman pudo reunirse finalmente no solo con amigos,
sino con aquellos seguidores de su obra literaria y periodística. El encuentro
fue el jueves en la tarde en la librería Lugar Común, el primero con
convocatoria pública que puede concretarse en esta visita del autor
residenciado en París.
La rueda de prensa de la semana pasada fue suspendida por la
convocatoria a marchas en la ciudad, así como se pospuso el Festival de la
Lectura Chacao 2017, en el que estaba previsto que participara en un
conversatorio sobre su primera novela: El espejo siamés (Oscar
Todtmann Editores).
El jueves se desquitaron. Ahí se reunieron, incluso una
mujer que viajó de Calabozo exclusivamente al encuentro, como relata el
escritor conmovido por el gesto.
“Vino con un ejemplar de Boca hay una sola y El
espejo siamés. Fue emocionante porque la ciudad está algo convulsionada”,
cuenta con respecto al acto en honor de Juan Pablo Pernalete, asesinado en las
protestas contra el gobierno del miércoles, y la sesión especial de la
Asamblea Nacional en Parque Miranda.
—¿Qué percepción se lleva del país que encontró a través
de sus amigos?
—Solo puedo caer en el lugar común. El editor Carsten
Todtmann organizó el domingo pasado una reunión en su casa que se prolongó
hasta la noche. Fue muy grata porque me recordó una circunstancia opuesta, a
ese país próspero de los años sesenta. En aquellos tiempos la ciudad carecía de
lugares de encuentro, aunque había librerías. No era lo que llegó a ser en los
setenta, con la prosperidad, con un mayor lujo y profesionalidad en ese tipo de
reuniones. No me han hecho sentir el momento dramático que atraviesa el país,
sino más bien me acogieron con mucho calor humano. Sé muy bien que acaban de
ocurrir acontecimientos dramáticos como los del 19 de abril.
—Y es precisamente esa Caracas en la que transcurre parte
de la novela, no desde la nostalgia, pero sí desde la experiencia.
—No hay nostalgia en lo absoluto. La novela fue concebida
entre 1988 y 1992, antes del golpe de Estado. Además, en 1988 había pocas
razones para sentir nostalgia. La ciudad era todavía vigorosa, más segura de lo
que es actualmente. En esa época era director de un cabaret humorístico, La
Guacharaca, y salía en las madrugadas al centro de Caracas a buscar artistas
desconocidos. Había quizá motivos para preocuparse, pero no para la nostalgia.
Esto no lo escribí desde el presente, en una visión despiadada y dura del país.
—Claro, pero fue una época en la que ya se sufrían las
consecuencias del fracaso del rentismo.
—Sí, pero eso es muy sociológico y esta es una novela negra,
una novela fantástica, lo que no he dicho hasta ahora. En la médula hay un
relato fantástico. Es una galería de personajes, la mayoría venezolanos, y
leyendas urbanas que no quiero decir que rescaté o resucité, pero sí que saqué
del olvido.
Entre esas leyendas urbanas, quien fuera director de la
revista Exceso destaca una en particular, la que inspira el
hilo conductor de la historia del suicidio del intelectual y periodista que
recorre toda la novela. “En esa época se suicidó un personaje importante de la
vida intelectual: Carlos Rangel”.
—¿Por qué salvarlas del olvido?
—No es un mandato, ni un propósito ni un acto de redención.
Quizá es un acto de trance de la escritura. Se insinuaron todos esos fantasmas.
Tiene que ver con la guerrilla urbana de los años sesenta, con ese bulevar que
quizá hayamos olvidado que existía entre Caracas y París, entre Sabana Grande y
Saint-Germain-des-Prés. Recuerda que en los cincuenta una serie de artistas e
intelectuales venezolanos fueron a París, ciudad en plena efervescencia
contaminada por la Guerra Fría. Muchos regresaron con esas ideas que
coincidieron con el auge del castrismo, la irrupción del bloque soviético en el
Caribe. Ese es también el contexto de la novela, el imán que atrae a muchas
leyendas urbanas. Por ejemplo, creo que el robo de las obras maestras de la
exposición Cien años de pintura francesa a mitad de lo sesenta
es un hecho casi olvidado, pero me atrevería a decir que gente que participó en
ese asalto al Museo de Bellas Artes debe haber visto la llegada de Hugo Chávez
al poder. Algunos de ellos figuraron seguramente en los gobiernos sucesivos del
chavismo.
—Hablamos entonces de un mundo cultural e intelectual
influido por esas ideas. Pero es difícil encontrar a alguien que defienda ideas
liberales. ¿No es momento para...
—¿Que salgan del clóset?
—Sí
—No soy experto, pero el pensamiento venezolano de derecha
produjo grandes libros y debido a que hay una mayor inclinación hacia la
izquierda fueron descalificados. Están Cesarismo democrático de
Laureano Vallenilla Lanz, ensayos de Uslar Pietri, además de Del buen
salvaje al buen revolucionario de Rangel, que tuvo cierta resonancia
en Francia. Sin embargo, fue despreciado. Un historiador muy importante, Manuel
Caballero, lo consideró un panfleto. Recuerda que él venía de la izquierda.
Debe haber muerto pensando que era de izquierda, pero se convirtió en un
furibundo antichavista. Claro, era antimilitarista. Tú no eres lo que declaras
ser, sino lo que eres en realidad y lo que las circunstancias hacen de ti. No
sé en este momento si hay algún pensador de derecha destacado que produzca
alguna obra. Sí hay algunos partidos, eso sí.
—Ahora que menciona a Hugo Chávez, en una entrevista que
le hizo Prodavinci afirmó que la revolución bolivariana remató a la izquierda.
—La izquierda tradicional venezolana quedó borrada. El
chavismo pasó a encarnar la izquierda a ojos del mundo. Eso también ocurrió
con la Revolución cubana. Ahí recordé, por ejemplo, cómo Teodoro
Petkoff pasó a encarnar la derecha una vez que asumió en 1999 la dirección del
diario El Mundo. Con él, muchos de aquellos que en 1989 firmaron un
famoso manifiesto para darle la bienvenida a Fidel Castro a Venezuela. Algunos
de ellos que se consideran aún de izquierda se volvieron incluso
anticastristas.
Fihman regresa a París en los próximos días. Allá tiene
engavetados un libro de cuentos, una novela en borrador y otra que escribe de
atrás hacia adelante. Prevé recopilar algunas de las entrevistas que dieron a
conocer a tantas figuras durante décadas. “En estos días me enviaron un
artículo sobre Ricardo Piglia, que en su primer viaje a Bogotá le dijo a la
persona que lo buscó en el aeropuerto y que lo iba a llevar a pasear por esa
ciudad que quería buscar el número 211 de la revista Eco, en
la que se publicó una entrevista mía a Emil Cioran, que también apareció
en El Nacional. Esa entrevista es citada en Respiración
artificial de Piglia sin dar crédito a la fuente”.
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